Friday, May 23, 2008

LA CONCIENCIA ES UN MUSCULO QUE SE USA POCO, PERO EXISTE ( Entrevista a Eduardo Galeano por Ima Sánchis)

Una broma muy seria

En Galeano entiendo lo que significa librepensador y transito por el término intelectual sin reticencias, porque es un erudito humilde y con sentido del humor. En su delicioso libro Espejos (Siglo XXI) nos evidencia que hay muchas cosas inaceptables que hemos aceptado por costumbre, como si fueran inevitables. Cosas que deben ser cambiadas. Nos ofrece, como es su costumbre, una mirada sobre lo acontecido que lo cambia todo: “Desde el punto de vista de una lombriz, un plato de espaguetis es una orgía”. La realidad es mucho más compleja de lo que nos contaron. Espejos es un libro escrito desde el ángulo de los que no salieron en la foto, un interesante libro de historia que parece una broma.

Sigo viviendo en Montevideo, donde todavía se puede caminar y respirar. Mi universidad fueron los cafés y sus oradores. Casado y con hijos, nietos, perro, gato y tortugas. La democracia está por conquistar. Enla tierra conviven cielo e infierno, el más allá está en el más acá
¿Ayer hoy y mañana cuentan la misma historia?
La historia no se repite, pero podemos reconocernos en lo que pasó. La memoria es tu mejor amiga cuando te ayuda a no tropezar con las mismas piedras, pero parecemos obstinados en trabajar en nuestra propia perdición.

¿Falta de inteligencia? Miedo al cambio, estamos entrenados para repetir la historia en vez de hacerla.

El mundo siempre ha sido de un puñado de hombres.
Así sigue siendo, yo no creo que este mundo sea muy democrático; fíjese en la ONU, mandan cinco países, los que tienen derecho de veto, los demás somos todos simbólicos. Y esos cinco países que velan por la paz mundial son los cinco principales productores de armas, ¿a nadie le sorprende?

Pasemos a la libertad personal: ¿hacer lo que te dé la gana está penado?
La libertad no es un derecho igualitario. Me parece revelador y estimulante la competencia entre una mujer y un negro en EE. UU., teniendo en cuenta que hace un ratito, en 1943, por orden del Pentágono la Cruz Roja de EE. UU. prohibió la transfusión de sangre negra para que no se hiciera por inyección lo que estaba prohibido en la cama. Y en nuestro mundo católico, durante siete siglos y medio las mujeres tuvieron prohibido cantar en los templos porque ensuciaban el aire.

La historia humana es la de una misoginia alargada.
Sí, la regla general ha sido el poder macho. Hatshepsut, con gran poder y espíritu creativo, reinó en Egipto disfrazada de hombre. Muchos siglos después, Concepción Arenal hizo la carrera de Derecho disfrazada de hombre y, años después, la gran novelista Pardo Bazán fue la primera catedrática española, pero sus aulas estaban vacías. Ha sido muy difícil el camino para que ustedes sean consideradas parte de la humanidad.

¿Por qué?
Relaciones de poder y derecho de propiedad. Tratar a las mujeres como menores de edad son convicciones convenientes. Y el racismo sirvió para justificar las conquistas y la esclavitud, el mejor negocio europeo durante tres siglos, ya que se trataba de seres inferiores incapaces de autogobernarse.

Cuénteme una historia de mujer. Sakina,la bisnieta de Mahoma, encabezó la lucha contra el tapacaras, y con razón decía que su bisabuelo jamás había dicho una palabra al respecto. Se casó cinco veces y en los cinco contratos negó obediencia al marido. En aquella época las mujeres predicaban en las mezquitas.

¿Qué lecciones extrae de la historia pequeña?
Creo que el universo sólo se ve a través del ojo de la cerradura. Hay un latido de grandeza escondido en los personajes pequeños, y miente la cultura dominante cuando nos induce a creer que la grandeza es lo grandote.

Cuéntenos la historia del viajero ciego.
Darwin decía que James Holman veía con los pies, sus descripciones del mundo son maravillosas. Es una de las innumerables paradojas, lo cual es una fuente de esperanza.

Hoy parece que lo práctico impera sobre lo estético.
Cualquier necio confunde valor y precio, decía Machado. Los imperantes criterios de rentabilidad - tanto tienes, tanto vales- hacen que se inviertan los valores; en Italia acaba de ganar las elecciones un tipo, Berlusconi, que siendo primer ministro dijo: “Sólo los imbéciles pagan impuestos”.

¿Existe la justicia?
Como propósito. Ecuador se propone declarar constitucionalmente que la naturaleza tiene derechos. Y aunque será dificilísimo aplicarlo, que quede por lo menos incorporado a la legislación me parece un logro.

¿Qué prohibiciones nos definen?
La más grave es la prohibición de soñar, de clavar los ojos más allá de la infamia, de creer que otro mundo es posible, porque está condenado como un acto de estupidez.

Pues habrá que ser desobediente. Hay que actuar de acuerdo con la propia conciencia. Cuando se derrumbaron las Torres Gemelas, los altavoces ordenaron a los trabajadores que se quedaran en sus puestos. Se salvaron los que desobedecieron.

Nos solemos mover en la discreción.
Estamos educados en un sistema de valores que no corona a los mejores, sino a los que tienen menos escrúpulos, que recompensa la falta de honestidad,el egoísmo, la mentira. Bush y Blair mintieron cuando iniciaron la carnicería de Iraq. El pueblo los reeligió.

¿Qué les recomienda a sus nietos? Soy muy cauto, no se lo digo así, pero el mensaje es que no hipotequen su alegría, que no se vendan, que tengan dignidad.

Hay que ser valiente para eso…
Iban cero a cero. Era la final entre Millonarios y Santa Fe, Devanni cayó derribado en el área y el árbitro pitó penalti, pero él se acercó al árbitro para explicarle que tropezó. Y el árbitro le señaló el estadio, esas miles y miles de cabezas rugientes: “¿Tú crees que ahora puedo anular el penalti?”.

Difícil dilema.
Devanni se puso frente al portero y eligió su ruina. Pateó la pelota muy lejos del arco. Admirable. Arruinó su carrera pero se le abrieron anchas las puertas de la gloria. Hay mucha gente que hace lo que cree que debe hacer y no lo que le conviene. La conciencia es un músculo que se usa poco, pero existe.

OBAMA EN LOS INFIERNOS ( por Mario Vargas Llosa)

• El candidato demócrata se enfrenta a la guerra sucia desatada por Hillary Clinton. La senadora prefiere que gane el republicano McCain, para así tener ella una nueva oportunidad en 2012

Cuando la senadora Hillary Clinton comprendió que era ya poco menos que imposible para ella ganar la designación como candidata a la presidencia por el Partido Demócrata, pues su rival, el senador Barack Obama, le llevaba una ventaja en votos, delegados y Estados que no alcanzaría a igualar, recurrió, como suelen hacer los políticos, a las armas prohibidas. En este caso, el tema racial. Y dijo, ante la prensa, que lo que las elecciones primarias venían demostrando hasta ahora era que a ella la preferían los electores de la “América blanca”.

Hillary Clinton es un animal político frío, tenaz, inteligente y sin escrúpulos. Obama no ha respondido con las mismas armas ni ha descendido al vituperio.

Aunque le llovieron las críticas por resucitar un asunto tan ominoso y explosivo en un país como los Estados Unidos -el propio The New York Times, que ha respaldado su candidatura, la censuró en un editorial- el vedado recurso dio, por lo menos en apariencia, buenos resultados: el 13 de mayo, en las primarias de Virginia Occidental, el Estado más “blanco” del país, Hillary obtuvo una arrolladora victoria con más de cien mil votos sobre su contendiente. Se trata de un triunfo llamativo pero insignificante en términos prácticos, porque, debido a su escasa población, Virginia Occidental tiene muy pocos delegados, y Obama sigue conquistando superdelegados entre los independientes e, incluso, algunos que habían prometido su apoyo a la senadora se lo han retirado para dárselo a él. Y en estos últimos días, John Edwards, que fue precandidato presidencial en estas primarias y que había sido afanosamente solicitado por los dos contendientes, se decidió también por Obama. Su apoyo es importante pues Edwards tiene influencia en el medio obrero y sindical, donde la senadora Clinton es muy popular.

Pero, aunque, como señalan los analistas, ocurra lo que ocurra en las tres elecciones primarias -de cinco pequeños Estados- que aún faltan a los demócratas, el senador Obama parece tener asegurada la candidatura, la fea operación de contornos racistas lanzada por Hillary Clinton puede tener siniestras consecuencias en la futura campaña presidencial entre Obama y McCain, convirtiéndola en un enfrentamiento entre la América “blanca” y la América “negra”. No tiene que ocurrir, pero hay indicios alarmantes. Todas las encuestas hechas desde que la senadora se proclamó la favorita de los “blancos” indican que un número creciente de estadounidenses declara ahora que el tema racial o étnico ha pasado a ser importante para ellos en sus preferencias electorales. Lo que significa un serio revés para Barack Obama, que había hecho de la solidaridad entre las diferentes razas, tradiciones, creencias, convicciones y costumbres uno de los puntales de su prédica desde el inicio de su campaña.

Hillary Clinton no es una racista, desde luego. Es un animal político, frío, tenaz, inteligente y sin escrúpulos. Con la misma glacial serenidad y destreza con que supo salir airosa de los escándalos y humillaciones a que la sometió su marido en los comienzos de su Gobierno, ha continuado su campaña, sin perder la sonrisa y el ánimo, mientras era derrotada una y otra vez por un adversario que, según todas las encuestas, es preferido por los jóvenes, los profesionales, los empresarios, los universitarios y, en resumen, por los sectores más modernos, cultos y liberales de la sociedad norteamericana, dejándole a ella los más incultos, primitivos y provincianos.

Antes de la operación racial, su campaña lanzó ya otra de guerra sucia -de índole machista- que no prosperó. Consistía en presentar a la senadora como el verdadero “macho”, el auténtico líder viril en la contienda, alguien a quien su propio jefe de campaña bautizó en Illinois como “el candidato testicular”. Obama, en cambio, sería el débil, el blando, el indeciso, el -horror de horrores- intelectual, alguien a quien sería riesgoso y suicida confiar la primera magistratura en caso de un conflicto bélico. Los avisos pagados de Hillary presentaban a la senadora en una actitud marcial y beligerante, con la siguiente interrogación: “¿A quién preferiría usted como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos?”. Y al lado de la senadora languidecía un esmirriado y subsumido Obama con una cara de vacilante y asustado. Pero esta tentativa denigratoria no tuvo mayor efecto.

Entonces, la senadora, en uno de esos gestos audaces que la caracterizan, decidió que, como ya no era realista pensar en su nominación, sí era posible, en cambio, contribuir a la futura derrota de su rival en las elecciones presidenciales de noviembre frente al republicano McCain. No se trata de una venganza personal, nacida de la frustración, sino de un sencillo cálculo matemático de un político de alto vuelo. Si Hillary Clinton aspira a ser la candidata de los demócratas a la Presidencia en el año 2012, es preciso que en estos comicios el ganador sea un republicano y no un demócrata. Pues si es Obama el próximo presidente, la senadora vería cerradas las puertas de su candidatura a la Casa Blanca hasta el año 2016, ya muy tarde para ella. Nada de esto se puede exhibir a la luz pública, pero sí enviando indirectos mensajes a la subconciencia y los prejuicios instintivos del electorado. Según los sondeos últimos, un 50% de los partidarios demócratas de Hillary Clinton en Virginia Occidental afirmaron que no votarán por Obama para presidente: si es el candidato se abstendrán de votar o lo harán por McCain.

Al mismo tiempo que la senadora envenenaba la campaña de racismo, el candidato republicano iniciaba su propia guerra sucia, utilizando otro ingrediente explosivo para desacreditar a su casi seguro rival en las elecciones de noviembre. En una conferencia de prensa decía que, entre él y Obama, el verdadero amigo de Israel era el senador McCain. ¿No lo demostraba el hecho de que el líder de la organización terrorista Hamás hubiera dicho que simpatizaba con la candidatura de Barack Obama?

De este modo, una especie que había circulado, sin mayor eficacia, hace algunos meses, resucitaba y volvía a ocupar los primeros planos del debate electoral: Obama, un musulmán emboscado (pues su padre lo fue), un amigo de los palestinos y, por lo tanto, potencialmente, un presidente que daría la espalda a Israel, el mejor aliado de los Estados Unidos, y tendería la mano a los terroristas palestinos. La acusación de McCain es de largo alcance y si prende puede ser decisiva en la campaña. Los judíos son una pequeña minoría en número en la sociedad norteamericana, pero el lobby judío, las organizaciones que apoyan a Israel y hacen campaña favorable a los políticos que consideran proisraelíes y hostigan a los que no, ejerce una poderosa influencia económica y publicitaria en toda campaña electoral. Y aunque no siempre ganan sus candidatos es seguro que siempre pierden los que considera sus enemigos.

Desde que McCain hizo aquella declaración, el senador Obama se ha multiplicado en desmentidos ante diversas asociaciones judías y proisraelíes, recordando una vez más sus tomas de posición, tanto en la cámara estatal de Illinois como luego en el Senado, a favor de Israel y condenando en términos inequívocos el terrorismo de Hamás. Y también repitiendo que, aunque su padre fuera musulmán, su madre lo educó como cristiano, al igual que ocurrió con su esposa Michelle. Por otra parte, muchos judíos norteamericanos se han manifestado respaldando sus afirmaciones y desmintiendo las insinuaciones de McCain.

Todo esto es una indicación de que la campaña presidencial será esta vez más virulenta que otras veces. ¿Conseguirá Obama enfrentar exitosamente las guerras sucias lanzadas contra él? Yo creo que sí, aunque sin duda le va a costar trabajo y no puede permitirse cometer un solo error. Mi optimismo no se basa tanto en las encuestas, como en la actitud que hasta ahora mantiene entre las llamaradas de mugre y de insidia que han encendido a su alrededor. No ha respondido con las mismas armas ni ha descendido al vituperio. Continúa, imperturbable, con su discurso reformista, de ideas, con invocaciones a la unión, rechazando toda forma de sectarismo e intolerancia, y con propuestas concretas y realistas a favor de los débiles, los marginados, los guerreristas y los fanáticos, y una fe contagiosa en las instituciones democráticas. Es verdad que a menudo habla más como un intelectual que como un político profesional, pero eso, por fortuna, en vez de desprestigiarlo, le ha ganado la simpatía y el entusiasmo de millones de sus compatriotas. Su discurso sigue atrayendo sobre todo a los jóvenes, de todas las razas, que acuden por millares a trabajar como voluntarios en todo el país, fortaleciendo una maquinaria que ha probado tener una eficacia contundente. Esperemos que las campañas de guerra sucia no prevalezcan y, por una vez, el idealismo y los principios derroten a las maniobras de los políticos.

Fuente: El País - Madrid, España

Posted by bestiario51 at 16:43:30 | Permalink | No Comments »

EL DIBUJO SECRETO DE AMÉRICA LATINA ( por William Ospina)


Desde los tiempos en que Bolívar escribió su “Carta de Jamaica”, una tarea fundamental de este continente es el diálogo entre la unidad y la diversidad. Mentiríamos si dijéramos que nuestra América es una: por todas partes surge la evidencia de su pluralidad: desde los desiertos de coyotes de Sonora hasta los “vértigos horizontales” de la Patagonia, desde los incontables azules del Caribe hasta ese “verde que es de todos los colores” de la cordillera y la selva, desde el aire de fuego de las costas caribeñas hasta la noche blanca de los páramos, desde la fecundidad de valles y de pampas hasta lo que llamaba Neruda “el estelar caballo desbocado del hielo”. Y no hablo sólo de la extraordinaria diversidad geográfica y biológica sino, en ella y sobre ella, de la diversidad de los pueblos y de sus culturas, o de algo más sugestivo aún, los muchos matices irrenunciables de una vasta cultura continental.

En esa misma “Carta de Jamaica” Bolívar afirmaba que “somos un pequeño género humano”. Dos siglos después, hay que quitarle el adjetivo “pequeño” a esa frase, y afirmar que somos una muestra muy amplia de lo que es el género humano, porque tal vez en ningún otro lugar del planeta está más presente la diversidad de la especie. Alguna vez el doctor Samuel Johnson le dijo a James Boswell: “Amigo mío, si alguien está cansado de Londres, está cansado de la vida, porque Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”. Pero ¿qué son hoy la diversidad de Londres, de Paris o de Nueva York comparados con la diversidad de Sao Paulo, de México, de Buenos Aires o de las Antillas? Las viejas metrópolis se apresuran a imitarnos y se llenan vertiginosamente de inmigrantes, Londres se llena de caribeños pero sin el mar Caribe a la vista, París se llena de muecines y de senegaleses pero no tiene el desierto ni las praderas fluviales de África, Madrid ve llegar a los suramericanos, pero siguen estando lejos los Andes y la selva amazónica.

Europa sigue siendo un continente de tamaño humano, como diría George Steiner: el continente de los cafés, el continente que fue medido por las pisadas de los caminantes, el continente que ha convertido sus calles y sus plazas en una memoria de grandes hombres y de hechos históricos, el continente que descubrió que dios tiene rostro humano. Nuestra América es definitivamente otra cosa, aquí la naturaleza no ha sido borrada, aquí sí hay verdaderas selvas y verdaderos desiertos. Allá todos los caminos llevan a Roma, aquí todas las aguas buscan el río, nada tiene unas dimensiones humanas, todo nos excede, y Dios mismo necesita de otros rostros y de otras metáforas para ser concebido, para ser celebrado.

Fue Paul Verlaine, maestro sensorial y musical de los poetas hispanoamericanos, quien escribió en su arte poética que lo importante no es el color sino el matiz, y creo que si a algo nos hemos aplicado los pueblos de este continente es a desplegar y ahondar en los matices locales y particulares de una cultura cuyos trazos generales son similares. Quiero decir con ello que hay una característica común de la cultura latinoamericana es que nada en ella puede reclamarse hoy como absolutamente nativo, salvo quizás esos pueblos mágicos del Amazonas que nunca han entrado en contacto con algo distinto. En otras regiones del mundo, hasta hace poco tiempo, podía hablarse de pureza, de razas puras, de lenguas incontaminadas. Aquí las mezclas comenzaron muy temprano, no para llegar a lo indiferenciado sino para producir en todos los casos cosas verdaderamente nuevas. Digamos que en nuestra cultura continental casi nada es nativo pero todo es original. John Keats decía que explicar un poema puede equivaler a “destejer el arco iris”; lo mismo podríamos decir del proceso de revelar todas las tradiciones, todas las fusiones, que llevaron al nacimiento de la cumbia o del tango, de Pedro Páramo o del Aleph, de la obra de Niemeyer o la de Borges.

Caminaba yo una vez por un museo de México cuando pasaron a mi lado dos personas y alcancé a oír que una decía a la otra: “Hay tres culturas en el mundo, la asiática del arroz, la europea del trigo y la americana del maíz”. La frase, recibida así “por los caminos del viento” como dice la canción, no me pareció tan importante por su contenido cuanto por su enfoque. Dejaba al África por fuera, y eso ya era grave, pero atribuir la raíz última de la cultura a la alimentación y a los bienes básicos de la naturaleza me pareció original en el sentido profundo de que habla de orígenes. En esa medida podríamos decir que aunque los pueblos nativos de América eran muy distintos unos de otros, aztecas, incas, muiscas, sioux, arhuacos, taínos, los centenares de pueblos que habitaban el continente compartían la cultura del maíz, y no hablo sólo de los hábitos alimenticios sino de los dioses, los ritos y las pautas de civilización que nacen de él.

Hoy se habla mucho de globalización, pero ese proceso comenzó hace siglos. Ya el cristianismo, que fundió en su trinidad mitos hebreos, ideas griegas y ambiciones romanas era un fenómeno de globalización. Y lo que suele llamarse el descubrimiento y la conquista de América fue una de las grandes avanzadas de ese viento global. Hoy, si en algo estamos globalizados, es en el modo como los distintos pueblos del mundo compartimos los productos de la naturaleza: yo he visto maizales en Illinois, en el norte de Italia y en las praderas de Katmandú, he visto trigales en Rosario y en las llanuras de Francia, sé de los arrozales de Birmania y de los del Tolima. Ello parece decirnos que no reinan ya los dioses del lugar, que muchas cosas que antes eran locales son planetarias, que las divinidades del opio, del vino, de la amonita muscárida o del cornezuelo de centeno hace rato reinan sobre el planeta entero y ya no instauran religiones, en el sentido profundo de ritos que religuen a los seres humanos.

En el humano luchan y dialogan dos tendencias distintas: el interminable deseo de arraigar y la insaciable necesidad de otros mundos y otros cielos. Si hasta el árbol, que parece tan condenado a no moverse, arroja al viento sus nubes de semillas y hace crecer sus hijos muy lejos, qué decir de esta especie nuestra siempre insatisfecha, que arraigada en la patria sueña mundos desconocidos, y extraviada en el exilio añora sin fin el paraíso perdido. Hace unas semanas pude ver cómo los noruegos, grandes caminantes y grandes navegantes, que viven hoy en un país próspero y confortable, sienten su costa como un hermoso barco encallado en la vecindad de los hielos, y viven un anhelo profundo de tierras remotas y de mares tórridos. Esto es tan intenso que incluso beben un Aquavit que tiene que haber ido hacia el sur hasta cruzar la línea ecuatorial y haber vuelto, para tener el gusto adecuado.

La humana es una historia de diásporas. Según dicen las noticias recientes, esos dos mil seres a los que alguna vez se redujo la humanidad, en el momento más vulnerable de su existencia, se dispersaron en pequeñas hordas por el mapa del África hace cientos de miles de años, y cuando volvieron a verse eran ya tan distintos, que parecían a punto de configurar varias especies.

Nosotros mismos tenemos que admitir que los nativos de América, los primitivos habitantes del territorio, llegaron algún día por caminos de hielo desde las estepas del Asia, o navegando desde la Polinesia hasta las costas de Chile. Así que todo arraigo es hijo de una diáspora previa, y tal vez todo amor por el suelo nativo oculta la honda nostalgia de una tierra perdida en los meandros del pasado.

Lo nuestro es la edad de las naciones, y entre nosotros esos estados nacionales son un fenómeno tan reciente que casi puede observarse a simple vista. Venimos de formar parte subalterna del primer gran imperio planetario, y hace apenas dos siglos los distintos países emergimos a un intento de vida independiente. Pero ya las sociedades anteriores a la llegada de los europeos habían alcanzado ciertos rasgos distintivos que después la historia no ha podido borrar: el culto al padre mítico y el diálogo con la muerte propio de la cultura mexicana, la fragmentación mítica del territorio propia de la cultura colombiana, la insularidad de la cultura cubana, la noción del triple mundo propia de la cultura incaica, los mundos del cóndor, del puma y de la serpiente, que eran desde temprano la percepción de una realidad en la que tienen que dialogar y entenderse de un modo complejo las montañas nevadas, las fértiles tierras medias y la selva fluvial.

La violenta conquista y la edad colonial rompieron muchas cosas y añadieron muchas otras al mosaico: pienso en la reviviscencia del culto de la diosa madre indígena de las lagunas bajo la forma de las vírgenes mestizas de Guadalupe, o de Chiquinquirá. Hay en el altar mayor de la iglesia de San Francisco en Quito la imagen de una virgen alada y grávida que no es posible encontrar en la iconografía católica europea. Muchos la asocian con la virgen alada que Juan de Patmos describe en el Apocalipsis, pero los estudiosos del arte religioso colonial ven en ella una representación de la Pachamama incaica, con la forma triangular de su traje que evoca las montañas, y dicen que el artista tallador, Bernardo de Legarda, un indígena quiteño, sólo se animó a hacer sus vírgenes aladas, muchas de ellas con rostros indios, cuando vio llegar en barcos a las costas del Pacífico unas muñecas birmanas de madera. Así son los caminos de nuestra cultura: a veces utilizamos los aportes del mundo entero para expresar lo más profundo y original de nuestro ser.

El vistoso politeísmo del santoral católico latinoamericano logra mediante complejas astucias rituales que el culto de un dios único no sea incompatible con el culto de infinitas divinidades menores, identificables y especializadas. Y Derek Walcott argumentó con gran belleza y sabiduría en su discurso para recibir el Premio Nobel de Literatura en 1992, que la mirada colonial, el discurso superficial de las metrópolis, no advierte que en nuestras aparentes imitaciones hay una originalidad nueva, la expresión de algo que no es derivación sino plenitud presente; que la representación del Ramayana que hacen en verano en Trinidad incontables muchachos de origen hindú no es una obra de teatro sino una obra de fe, no es imitación sino originalidad.

En nada se advierte tan nítidamente el modo como lo ajeno se volvió carne y sangre propia como en el vasto tejido de las lenguas europeas llegadas a América, en las que empezaron a circular desde muy temprano las savias del mundo americano, y en cuyas literaturas fue emergiendo la exuberancia de las distintas regiones del continente. Las literaturas americanas son fruto del encuentro de unas lenguas ya formadas con un mundo desconocido. La tensión entre unas lenguas establecidas y un mundo sorprendente representó para nosotros desde el comienzo la tensión entre lo real y lo mágico, ya que la magia no es más que lo que obedece a otras leyes.

Es conveniente recordar que, aunque las civilizaciones del planeta registran una historia varias veces milenaria, hace apenas cinco siglos dos mitades del mundo estaban completamente incomunicadas. La tierra, como la luna, tenía una cara oculta, y el encuentro entre esas dos maneras de lo humano desarrolladas a lo largo de los milenios de un modo independiente planteaba los más apasionantes desafíos para la vida y para la imaginación. Fue algo más extraño aún que si el latín hubiera arraigado en África, fue como si, a consecuencia de las aventuras en el espacio exterior, el inglés arraigara en algún planeta con vida inteligente.

Ahora bien, es muy distinto lo que ocurrió en las dos mitades del continente americano. En el norte la lengua inglesa sólo tuvo que hacer un esfuerzo por reconocer el mundo físico y por permitir que las culturas llegadas de lejos arraigaran en él, en tanto que en la América Latina, donde florecían diversas y complejas civilizaciones, y donde no fueron exterminados completamente los pueblos indígenas, las lenguas latinas tuvieron que dialogar con las lenguas nativas, aunque ese no fuera su propósito inicial, y todavía hoy siguen haciéndolo. Lo que en los últimos siglos, de un modo creciente, ha mostrado nuestra literatura es el modo gradual como asciende a través de una lengua ajena la savia de un mundo nativo, con sus colores y sus metáforas, con sus sueños más inexplicables y sus recuerdos más profundos, con la radical extrañeza de sus modos de representación. Se siente en ella la profusión, la exuberancia, el colorido y la fragancia de una tierra nueva, de unas selvas que no habían sido taladas jamás, de una fecundidad de los suelos, de una abundancia de mamíferos y de insectos, de reptiles y de aves en la que nuestra época de postrimerías bien puede encontrar las virtudes del Paraíso.

La literatura de la América Latina comenzó con las crónicas de Indias. Detrás de las campañas casi siempre brutales de los conquistadores avanzó una asombrada legión de cronistas describiendo la naturaleza, interrogando las selvas, los suelos, los climas, la fauna, las culturas nativas, sus costumbres y sus mitologías. Dado que los grandes letrados permanecieron en el mundo europeo, la historia tuvo que improvisar sus historiadores, sus narradores y sus poetas, con soldados más llenos de curiosidad que de información, hombres apenas formados en la tradición cultural de sus tierras de origen, pero dueños de un singular espíritu de observación y de esa extraordinaria audacia mental que caracterizaba a los hombres del Renacimiento. Y allí ocurrió un fenómeno muy significativo: muchos querían solamente cantar las hazañas de los grandes capitanes de conquista, querían pintar sus retratos con el paisaje de fondo del mundo americano, pero ese escenario era tan vigoroso que muchas veces el retrato se perdió detrás de las selvas y las anacondas, de los caimanes y los ríos, de las tempestades y los pájaros. El mundo americano avanzó como una enredadera sobre las páginas de los cronistas, y lo invadió por completo, y les demostró que aquí el hombre no puede llenar todo el cuadro. Los cronistas de Indias no podían bastarse con repetir lo aprendido en su mundo de origen, y dado que “en los comienzos de una literatura nombrar equivale a crear”, aquellos aventureros tuvieron que inventar un lenguaje y prepararon el terreno para una extraordinaria literatura.

Desde temprano se empezó a hablar en el arte y en la literatura del barroco latinoamericano. Pero si el barroco, como ha dicho Borges, es la manifestación final de todo arte, ese momento en que un lenguaje extrema sus posibilidades y “linda con su propia caricatura”, el arte de nuestros orígenes no podía corresponder a esa definición crepuscular. A los europeos les parecieron barrocas esas fachadas de los templos católicos donde se combinaban de un modo imaginativo y caprichoso los decorados del Renacimiento con los dibujos de las tradiciones indígenas, pero esas cosas no obedecían a razones ornamentales, ostentosas o retóricas, sino a necesidades concretas, una de las cuales era hacer convivir las culturas y fusionar sus símbolos en una estética que difícilmente podía caracterizarse por su austeridad.

Hace poco, visitando la ciudad del Cuzco me contaron que en los primeros tiempos, después de construida la catedral sobre las ruinas del templo del Sol, los sacerdotes católicos les preguntaron a los jefes incas por qué los nativos no entraban al templo, si había sido construido para ellos. Los jefes contestaron que no podían ver como un sitio de culto un lugar donde no entrara el sol. Los sacerdotes tuvieron entonces la idea de abrir unas ventanas hacia el oeste que recibieran la luz de la mañana, y disponer grandes espejos en el interior para que la luz se multiplicara por todas partes. Sólo después de esto los indios entraron finalmente en el templo, pero quizá no del todo a adorar al dios cristiano sino porque el dios solar había hecho suyo el recinto. Y ya en la propia España se habían dado por siglos fusiones entre el mundo cristiano y el moro; la realidad estaba ajedrezada y también la imaginación. Eso ayuda a entender la aparición de un poeta tan extraño y fascinante como Luis de Góngora y Argote, nacido en lo que fueron los viejos reinos moros, y cuyo amor por la sonoridad de las palabras parece pertenecer al orden de la poesía árabe, más interesada por la musicalidad que por el sentido.

Una vez más, allí encontramos la leyenda de una influencia. Se atribuye a una imitación del culteranismo de Góngora la obra del magnífico poeta de Tunja, en el siglo XVII, Hernando Domínguez Camargo. Pero hay que añadir que su profusión de metáforas nacía de una zona fronteriza entre lenguas distintas, entre universos mentales distintos, y revela también un esfuerzo extremo por pertenecer a Europa, pero a una Europa inaccesible para un pobre clérigo de las colonias, una Europa magnificada y desdibujada por la distancia. Esos énfasis son más bien la extrema tensión de un creador que no está en el centro de una cultura sino en sus orillas, la lengua de los que sueñan con otros mundos, una aventura de metáforas comparable a la tradición de los skaldos septentrionales.

Parece barroca la ornamentación de los retablos de los templos y de la pintura colonial, llena de frutos, hojas y flores nuevas, de un bestiario a menudo fabuloso. Pero ¿cómo llamar barroca a la representación de las piñas y de los armadillos, si no son exageraciones ni inventos sino la fidelidad clásica a unas formas naturales? Sería tan necio como hablar del barroquismo del pico enorme del tucán, de los colores del papagayo, o de la exuberancia de las selvas equinocciales. Allí donde la naturaleza es exuberante no estamos en presencia de un énfasis estético sino de otro canon de lo natural, de un clasicismo sujeto a otras leyes.

El arte europeo buscó, desde los griegos, la justa medida y el equilibrio. Buscó también sujetarse siempre a un patrón humano, pues Europa no sólo pensó que el hombre es la medida de todas las cosas sino que llegó a la conclusión de que lo humano es la medida misma de lo divino. Ese es, me parece a mí, el sentido del Cristianismo. Y sólo por esas nociones el arte europeo evolucionó hacia la búsqueda de la perspectiva, del naturalismo, del arte del retrato, del realismo, de la minuciosidad del dibujo, y de la fidelidad a las formas, de un modo que ya en el Renacimiento estaba alcanzando su plenitud.

Pero el descubrimiento de América fue también una metáfora de la necesidad que sentía Europa de salir de sí misma, la sed de descubrir los mundos no europeos que había en este mundo. A partir del siglo XVI, de un modo creciente, comenzaba en Europa en todos los reinos del espíritu, en la filosofía, en la política, en el arte, en la poesía, la crisis del centro, la crisis de la forma y la crisis de la proporción. Empezaron los sueños de la Utopía y del buen salvaje, de las Nuevas Atlántidas y de los Eldorados, creció el gusto por las especias exóticas, y comenzaron las fugas míticas en busca de lo nuevo. No deja de ser significativo que hayan sido los finales descubridores de otras tradiciones estéticas, impresionistas y expresionistas, quienes emprendieron una lucha contra la perfección del dibujo, un proceso de experimentación y de abandono de cánones estrechos y de normas rígidas.

El arte americano nace de una tensión entre las formas del lenguaje europeo y las convulsiones de un mundo que no logra agotarse en lo humano. Como lo dijo antes de Steiner, el inglés Auden, hay en América verdaderas selvas y verdaderas tierras vírgenes, ríos desmesurados y civilizaciones incomprendidas. “En Europa, dijo Auden, un viajero, por perdido que se encuentre, está a media hora de un sitio habitado, en tanto que no hay americano que no haya visto con sus ojos comarcas prácticamente intocadas por la historia”. Aquí el patrón humano no logra aprisionar todo el sentido, y los artistas sintieron la necesidad de transgredir la norma áurea, la escala europea de las proporciones. Eso ahora es menos difícil, porque también el arte europeo se ha lanzado a la búsqueda de un nuevo sentido de la belleza, y ya en el siglo XIX el hombre que sintetizó esas búsquedas de la modernidad, Charles Baudelaire, había escrito en uno de sus poemas:

Plonger au fond du gouffre, Enfer ou Ciel, qu’importe?
Au fond de l’inconnu pour trouver du nouveau.
(Hundirse hasta el fondo del abismo, Infierno o Cielo, ¿qué importa? / Al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo.)

Todo habitante de América, a pesar de sus esfuerzos por habitar en la polis en el sentido urbano del término, vive en la vecindad de una naturaleza no conquistada del todo, a medias innominada, en gran medida desconocida. Cuando pensamos que casi toda la farmacia europea nace del conocimiento de las seis mil especies vegetales que pueblan el continente, y que la América equinoccial tiene cincuenta mil especies de plantas, de cuyas propiedades sólo tienen un conocimiento profundo los chamanes amazónicos, entenderemos mejor cuál es el sentido abrumador de la presencia de la naturaleza en el imaginario del hombre americano. La naturaleza no es aquí algo conocido, (la verdad es que en ninguna parte lo es) pero en América es más difícil caer en la ilusión de que tenemos al mundo dominado y sometido, de que lo tenemos domesticado. Y ello, que podría parecer un fenómeno exterior, el tipo de relación que establecemos con los bosques y los ríos, con los animales y los climas, es algo que incluye también la relación con nuestro propio sentido de humanidad y con nuestro propio cuerpo.
Nuestra América es todavía el reino de la perplejidad, y a ello contribuyen por igual las tensiones y los desajustes entre la realidad y el lenguaje, los mestizajes y los sincretismos. No deja de ser asombroso que esas tierras ya suficientemente complejas por su composición geográfica y biológica, se hayan enriquecido más aún con el aporte de razas, lenguas, tradiciones, religiones, filosofías, modelos económicos e ideales políticos llegados de otras partes.

Pienso en mi país, Colombia, por ejemplo, donde no somos mayoritariamente blancos europeos, ni indios americanos ni negros africanos sino uno de los países más mestizos del continente, en una región que es a la vez caribeña, de la cuenca del pacífico, andina y amazónica, que habla una lengua que es hija ilustre del latín y del griego, que profesa una religión de origen hebreo, griego y romano, que ha adoptado unas instituciones nacidas de la Ilustración y de la revolución francesa, que fue incorporada al orden de la sociedad mercantil y a la dinámica de la globalización hace ya cinco siglos, y siento que estamos amasados verdaderamente de la arcilla planetaria, pienso en esta América Latina, que produjo buena parte de las riquezas con las que se construyó la moderna civilización europea, y me digo que es apenas comprensible que el arte y la literatura que surgen de esa colorida complejidad estén más llenos de fusiones de lo que uno pueda imaginar, y que esas fusiones puedan alcanzar por momentos interesantes y apasionantes síntesis de la cultura planetaria.

Uno de los fenómenos más interesantes de nuestro mundo americano y en especial de la región equinoccial es el modo como participamos de la franja ecuatorial, del paralelo cuatro que produce no sólo la mayor diversidad biológica sino buena parte del oxígeno que respira el planeta. Es la región donde no hay estaciones, es decir, donde la naturaleza no descansa, donde el suelo no duerme, donde el sol y el agua mantienen, por decirlo de ese modo, en un insomnio permanente. Se diría que es la región perfecta para que los sueños broten de la vigilia. La luz produce otro colorido, el cielo está aborrascado de nubes gigantescas, la lluvia a veces produce diluvios interminables, es región de aterradoras y fantásticas tormentas eléctricas, de truenos ensordecedores, de inundaciones y avalanchas. Los ríos cambian de cauce y la superficie de la tierra se estremece a veces acomodándose a la actividad de las profundidades.

No somos plenamente indígenas, ni europeos, ni africanos, pero nos nutrimos sin cesar de esos orígenes para al mismo tiempo diferenciarnos de ellos. No hace mucho, un escritor amigo mío, de una población que se afirma cada vez más como afrocolombiana, tuvo la oportunidad de encontrarse con un escritor de África, y le expresó su alegría de estar hablando con alguien con quien podía identificarse plenamente. El otro, con gran cortesía y sabiduría a la vez, le dijo que ellos dos no eran muy semejantes. Y claro que se lo decía sobre todo para formular un desafío tácito. “En realidad somos muy distintos, le dijo, nosotros somos africanos, ustedes son negros”. Mi amigo lo escuchó con extrañeza. Y el hombre de África añadió: “Ustedes descienden de esclavos. Nosotros nunca hemos sido esclavos”.

Es evidente que los negros americanos tienen que afirmarse en algo más que en su común origen africano, sin negarlo, tienen que sentirse más decididamente parte mitológica del mundo americano, y luchar por su originalidad aquí, en diálogo con este mundo en el que viven hace ya cinco siglos. También para ellos son esos versos de Leopoldo Lugones:

Que nuestra tierra quiera salvarnos del olvido,
Por estos cuatro siglos que en ella hemos servido.

Y al mismo tiempo, hay que saber que sin esa savia vital que llegó de África, nadie en América Latina sería lo que es. Todos tenemos derecho a reclamar “la parte de África” en nuestro ritmo, en nuestra carne y en nuestra imaginación. Todo es cuestión de ver bien los matices. Y lo mismo puede decirse de “la parte de Europa” y de “la parte de América”.

Los hispanoamericanos podemos sentirnos españoles sólo hasta el día en que vamos a España, ese día comprendemos para siempre que somos otra cosa, y ese descubrimiento puede ayudarnos incluso a amar a España, a admirar a España, a descubrir a España.

Ahora bien, el modo como está lo indígena en nuestra cultura mestiza, me resulta más fácil pensarlo recurriendo a la literatura. Siento que hay, por ejemplo, en la obra de Gabriel García Márquez, una manera de pensar y de sentir que no es en rigor occidental, que se resuelve en imágenes y en variaciones, como aureola o resplandor de los hechos centrales. Se diría que hay algo de estirpe indígena en cierto modo de presentar los hechos y de no resolverlos mediante argumentaciones, digresiones y teorías, sino mediante trazos y figuras que satisfacen a un tiempo al sentimiento y a la imaginación. García Márquez pertenece a un mundo profundamente influenciado por ese pensamiento mágico, pero suele repetir que a pesar de saber muy bien cómo era la historia, o el río de historias que pensaba narrar, encontró con claridad su tono y la certidumbre de sus recursos cuando leyó la novela “Pedro Páramo”, del mexicano Juan Rulfo. Tal vez lo afectó la libertad con que Rulfo se deja influir por el viento de las voces indígenas, por el modo de estos sueños americanos, por la persistencia en la vida cotidiana de los mitos profundos de su pueblo.

Así, en la novela “Cien años de soledad”, nada sabemos de la singular relación que hay entre la madre, úrsula Iguarán, y su hijo mayor, José Arcadio, hasta el día en que este decide abandonar el pueblo, enrolado en la tropa de los gitanos. En cuanto se da cuenta de su ausencia, Ursula sale en su búsqueda abandonando todo lo demás, su marido, su casa, sus otros hijos, dejando de ser el centro de gravedad de su mundo. José Arcadio es el primer nativo que abandona el pueblo y se aleja por el mundo distante con el que su padre siempre ha soñado. Yendo tras él, Úrsula llega a sentirse tan lejos que ya ni piensa en regresar, y encuentra al fin el camino hacia el mundo que todos los hombres del pueblo habían buscado en vano. Años después, el hijo regresa transformado por la ausencia, cruza el pueblo y la casa y avanza sin detenerse por los pasillos y los cuartos saludando con un gesto a quienes ve, pero sólo llega al final de su viaje cuando encuentra a Úrsula. Está desandando el camino de su fuga, el camino por el cual su madre lo había seguido, y sólo se detiene al llegar nuevamente junto a ella. Ese doble movimiento que primero nos revela la importancia que tiene para ella el hijo, y después la importancia que la madre tiene para él, muestra el lazo invisible que los une y que nunca delataron sus diálogos.

Y es por este dibujo secreto, intensamente trazado en nosotros por el relato, es por ese surco entre ambos, que, sin saberlo, estamos dispuestos a creer uno de los episodios fantásticos más poderosos de la novela, aquel en que un hilo de sangre sale del hijo muerto, va recorriendo pasillos y calles y andenes, y no se detiene hasta encontrar a Úrsula y llevarle el mensaje de la muerte. De nuevo vemos el movimiento contrario, y es ella ahora quien siguiendo el hilo encuentra al final el cadáver de su hijo. Este dibujo ancestral del hilo de sangre que busca su fuente es una de las imágenes más bellas y memorables de la novela, y sospecho que nuestra mente la hospeda con tanta facilidad y gratitud porque no es un trazo arbitrario sino una necesidad de la historia; nos muestra poderosamente, con el poder de la poesía y del mito, la inexpresada relación del hijo con la madre, el lazo de la sangre materna convertida en camino del hijo, sendero de sus fugas y de sus retornos, de su soledad y de su muerte.
Algo en la moderna novela occidental ha tendido a abandonar los juegos libres de la imaginación, a subordinar las historias a las ideas y a abundar en tesis y en teorías. Desde las minuciosas reflexiones de Dostoievski sobre los motivos de la conducta humana, pasando por la sobreabundancia de propósitos intelectuales del infinito Ulises de James Joyce, hasta el tono ensayístico de muchas novelas de Thomas Mann, la narrativa procuró a menudo abandonar el viejo hábito de soñar libremente, de dar vuelo a la imaginación y de permitir que lo fantástico y lo real se combinaran a su antojo. Ese había sido el espíritu de las epopeyas clásicas, de las historias del ciclo de Bretaña, del Nibelungenlied, de la Comedia dantesca y del Orlando Furioso. Y por supuesto ese es el espíritu de las dos obras orientales que más han influído en nuestra civilización: la Biblia y las Mil y una Noches.
Lo que más asombró al barón Alexander von Humboldt en su viaje por la América equinoccial fue la imposibilidad de encontrar como en Europa bosques de una sola especie, porque en cada pequeño espacio proliferaban decenas de especies distintas. Lo que mejor ilustra la correspondencia de nuestra literatura a este mundo es la abundancia febril de las formas de su imaginación; no sólo la vivacidad de los elementos y la intensidad del color, eso que Chesterton llamaría, hablando del posible origen criollo de Robert Browning, “una teoría de orquídeas y de cacatúas”, sino incluso la tendencia continua a contrastar distintas etapas de la metamorfosis de los hechos y de las cosas. En nuestro continente el tiempo fluye de un modo vertiginoso. Hemos tenido que pasar en cinco siglos de los altos imperios comunitarios a las disgregaciones de la posmodernidad, de la vasta e indemne selva continental a las paredes apocalípticas de los incendios que cercan y carcomen la selva amazónica para sembrar soya, de las praderas del bisonte y del indio a los aviones estrellándose contra los acantilados de cristal de las torres gemelas.
Durante mucho tiempo, la América Latina se gastó en el esfuerzo de alcanzar una lengua propia, de convertir las arrogantes y rígidas lenguas que llegaron de Europa en lenguas nutridas por la savia del mundo nuevo. Sólo a fines del siglo XIX, con la labor de los extraordinarios poetas y narradores a los que llamamos modernistas, simbolizados por el más melodioso de ellos, el nicaragüense Rubén Darío, conquistamos por fin unos recursos literarios capaces de enfrentar el desafío de nombrar plenamente nuestro mundo, y de dialogar con las otras literaturas del planeta. El siglo XX nos ha visto emprender esa tarea: las obras de los modernistas, de Rubén Darío, del mexicano Alfonso Reyes, de tantos autores en todo el continente, han madurado esos recursos. Y después, entre los numerosos autores del medio siglo y del llamado “realismo mágico”, surgieron muchas voces que de algún modo resumen la pluralidad de ese clamor continental. Entre ellas es necesario mencionar a Juan Rulfo, cuya obra breve e inagotable muestra los viajes de la lengua española en la profundidad de la memoria mexicana, a Pablo Neruda, cuyo canto de piedra y de selvas explora y celebra por igual naturaleza y la historia, a Gabriel García Márquez, cuya Biblia pagana del Caribe condensa la elocuencia de la lengua de Cervantes, el pensamiento mágico de los pueblos indígenas y la alegría, el colorido y la sensualidad de los hijos de África, y a Jorge Luis Borges, quien, interesado por la poesía gauchesca y por la cábala judía, por el Islam y por el budismo, por las mitologías del Indostán y por las sagas nórdicas, en el mayor país de inmigrantes, supo recoger la memoria de todas las bibliotecas y sentir el rumor del planeta entero mezclado en nuestras venas y en nuestras almas.
Todavía estamos en el deber de interrogar cómo puede ser ese diálogo nuestro de lo uno con lo diverso, pero yo diría que no lograremos integrar a la América Latina mientras nos neguemos a ver la infinidad de sus matices, la riqueza sutil de sus diferencias. Es urgente abandonar los nefastos conceptos de subdesarrollo y de Tercer Mundo, que pretendían hacer del desarrollo un camino prefijado y exterior. Hijos de la edad de los descubrimientos, engendrados en las primeras avanzadas del mercantilismo, herederos de las lenguas, las religiones y las instituciones de Europa, nosotros somos el primer gran fruto de la globalización.
Pero ahora se hace evidente que el énfasis en lo universal despierta enseguida la necesidad y la defensa de lo local. Desde que comenzó la prédica imperativa de la globalización ya no nos bastan las naciones, cada región del globo, cada aldea, cada tradición pugna por hablar, por diferenciarse, por existir. Hay un verso del poeta colombiano León de Greiff, al que él, traviesamente, llamó “la fórmula definitiva y paradojal”. Esa fórmula dice. “Todo no vale nada si el resto vale menos”. Es paradójico que alguien hable del todo y del resto, pero en términos lógicos es comprensible. El todo no sólo es la suma de las partes, es también diferente de las partes. Y no se puede hablar del todo, del amor por la totalidad, para predicar el descuido de lo particular y de lo fragmentario. Creo que esa fórmula significa: el bosque no vale nada si el árbol vale menos, la especie no vale nada si el individuo vale menos, el universo no vale nada si cada lugar en él es deleznable. Las naciones son importantes, pero necesitamos con urgencia un diálogo nuevo, de cada lugar con todos los otros y de lo local con el universo. Se diría que necesitamos un diálogo de los dioses del lugar con el omnipresente y disperso dios de Spinoza, y ello supone no sólo el respeto por el universo como un todo, por el planeta como un todo, sino la recuperación del sentido sagrado de cada arroyo y de cada peñasco, de cada árbol y de cada criatura. Y creo que no es la política sino sólo el arte quien sabe ver a la vez el conjunto y el detalle.
Es verdad que los seres humanos no podemos sobrevivir sin perturbar, pero ya empezamos a comprender que tampoco sobreviviremos si perturbamos demasiado. Hoy el mundo siente el peso oneroso de la especie humana, advierte demasiado su presencia, siente la rudeza y la torpeza de nuestra relación con las cosas, y es evidente que se hace necesario el aprendizaje de la levedad, de no pesar mucho, el aprendizaje de la invisibilidad, tan contrario a esta manía moderna de lo que es excesivamente visible y estridente, el aprendizaje de la delicadeza, y el aprendizaje de la sutileza, lo que adivinaron los primeros críticos de la modernidad, que dios está en los detalles, que lo importante es el matiz más que el color, que frente a la excesiva pretensión de conocimiento no necesitamos entender todo sino comprenderlo, y que no necesitamos saber todo para disfrutarlo y agradecerlo.
De la América Latina podemos decir que es uno de los pocos sitios del planeta donde todavía queda la naturaleza, muy vulnerada pero todavía cargada de sus atributos originales. Nosotros somos, además, la Europa que se fue y que se mezcló de lo distinto, y mucho tenemos que enseñarle a esa Europa que sólo ahora está sintiendo la vecindad física del resto del mundo. Nuestra rica cultura continental ha experimentado las fusiones, y ha alcanzado poderosas síntesis. Los males del mundo se ven mejor desde las orillas que desde el centro, porque los viejos centros estuvieron siempre demasiado engreídos de su importancia y no veían más allá de su horizonte, y en cambio los nuevos centros de la esfera participan de los atributos del centro y de la orilla. En esa medida es verdad que en los sótanos de nuestras ciudades está el Aleph, está el universo.
Tenemos un mundo a medias conquistado, y a medias demorado, por fortuna, en sus atributos originales. La modernidad, la era tecnológica, el prodigio científico han hechizado nuestra realidad de un modo fascinante y peligroso. Estamos, como decía el poeta Aurelio Arturo, “con un pie en una cámara hechizada y el otro a la orilla del valle, donde hierve la noche estrellada”. Y ya nada es tan importante como encontrar un equilibrio entre nuestra capacidad de modificar el mundo y nuestra necesidad de conservarlo, entre la tarea de construir una morada humana y el deber profundo de respetar el universo natural. Si nuestras naciones fueron los primeros frutos modernos de la globalización: son escenarios propicios para que encontremos también sus límites. Porque la especie humana, envanecida de sus derechos ha olvidado la pregunta por sus límites y necesita con urgencia un sentido responsable y nítido de esos límites. De esa delicada tarea, bien podría depender el destino del mundo.

animalicosselvaticosgrandespeligrosospeligrosofierasfieros mansosrugidoscanecilloscanecilloamozonicosandinosandinasmedicinales medicinalmanzanillaherbolisteriaadelgazantes antiinflamatorioscerebrosconducta conductasmentesmisteriososmisteriosas

Posted by bestiario51 at 16:41:55 | Permalink | No Comments »

Texto íntegro del discurso de Juan Gelman en la entrega del Premio Cervantes

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Cultura, Señor Rector de la Universidad de Alcalá de Henares, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, amigas, amigos, señoras y señores:

Deseo, ante todo, expresar mi agradecimiento al jurado del Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes, a la alta investidura que lo patrocina y a las instituciones que hacen posible esta honrosísima distinción, la más preciada de la lengua, que hoy se me otorga. Mi gratitud es profunda y desborda lo meramente personal. En el año 2006 se galardonó con este Premio al gran poeta español Antonio Gamoneda y en el 2007 lo recibe también un poeta, esta vez de Iberoamérica. Se premia a la poesía entonces, “que es como una doncella tierna y de poca edad y en todo extremo hermosa” para don Quijote, doncella que, dice Cervantes en “Viaje del Parnaso”,

“puede pintar en la mitad del día
la noche, y en la noche más escura
el alba bella que las perlas cría…
Es de ingenio tan vivo y admirable
que a veces toca en puntos que suspenden,
por tener no se qué de inescrutable”.

A la poesía hoy se premia, como fuera premiada ayer y aun antes en este histórico Paraninfo donde voces muy altas resuenan todavía. Y es algo verdaderamente admirable en estos “Dürftiger Zeite”, estos tiempos mezquinos, estos tiempos de penuria, como los calificaba Hölderlin preguntándose “Wozu Dichter”, para qué poetas. ¿Qué hubiera dicho hoy, en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre, de pobreza? Me pregunto cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras. Pero ahí está la poesía: de pie contra la muerte.

Safo habló del bello huerto en el que “un agua fresca rumorea entre las ramas de los manzanos, todo el lugar sombreado por las rosas y del ramaje tembloroso el sueño descendía”, Mallarmé conoció la desnudez de los sueños dispersos, Santa Teresa recogía las imágenes y los fantasmas de los objetos que mueven apetitos, San Juan bebió el vino de amor que sólo una copa sirve, Cavalcanti vio a la mujer que hacía temblar de claridad el aire, Hildegarda de Bingen lloró las suaves lágrimas de la compunción, y tanta belleza cargada de más vida causa el temblor de todo el ser. ¿No será la palabra poética el sueño de otro sueño?

Santa Teresa y San Juan de la Cruz tuvieron para mí un significado muy particular en el exilio al que me condenó la dictadura militar argentina. Su lectura desde otro lugar me reunió con lo que yo mismo sentía, es decir, la presencia ausente de lo amado, Dios para ellos, el país del que fui expulsado para mí. Y cuánta compañía de imposible me brindaron. Ese es un destino “que no es sino morir muchas veces”, comprobaba Teresa de Avila. Y yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado. La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto. El Quijote me abría entonces manantiales de consuelo.

Lo leí por primera vez en mi adolescencia y con placer extremo después de cruzar, no sin esfuerzo, la barrera de las imposiciones escolares. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo habrá sido el hombre, don Miguel? Conocía su vida de pobreza y sufrimiento, sus cárceles, su cautiverio en Argel, su Lepanto, los intentos fallidos de mejorar su suerte. Pero él, ¿quién era? Releía el autorretrato que trazó en el prólogo de las Novelas Ejemplares: “Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada”, que nada me decía, salvo la mención de sus “alegres ojos”. Comprendí entonces que él era en su escritura. Me interno en ella y aún hoy creo a veces escuchar sus carcajadas cuando acostaba al Caballero de la Triste Figura en el papel. Sólo quien, desde el dolor, ha escrito con verdadero goce puede dar a sus lectores un gozo semejante. Cómico es el rostro de la tragedia cuando se mira a sí misma.

Declaro que, en verdad. quise recorrer ante ustedes, con ustedes, los trabajos de Persiles y Sigismunda, o la locura quebradiza del licenciado Vidriera, o compartir la nueva admiración y la nueva maravilla del coloquio de los perros, o el combate verdaderamente ejemplar entre los poetas malos y los buenos que tiene lugar en “Viaje del Parnaso” y en el que cualquier buen poeta podía caer herido por un pésimo soneto bien arrojado. Pero tal como la lámpara alimentada a querosén que los campesinos de mi país encienden a la noche y alrededor de la cual se sientan a cenar, cuando hay, y luego a leer, cuando hay y cuando hay ganas, y a la que mosquitos y otros seres alados acuden ciegos de luz y la calor los mata, así yo, encandilado por don Alonso Quijano, no puedo sustraerme a su fulgor.

Muchas plumas hondas y brillantes han explorado los rincones del gran libro. Por eso, parafraseando al autor, declaro sin ironía alguna que, con seguridad, este discurso carece de invención, es menguado de estilo, pobre de conceptos, falto de toda erudición y doctrina. Sólo hablo como lector devoto de Cervantes, pero quién puede describir los territorios del asombro. Con mucha suerte y perspicacia, es posible apenas sentarse a la sombra de lo que siempre calla.

Cervantes se instala en un supuesto pasado de nobleza e hidalguía para criticar las injusticias de su época, que son las mismas de hoy: la pobreza, la opresión, la corrupción arriba y la impotencia abajo, la imposibilidad de mejorar los tiempos de penuria que Hölderlin nombró. Se burla de ese intento de cambio y se burla de esa burla porque sabe que jamás será posible terminar con la utopía, recortar la capacidad de sueño y de deseo de los seres humanos. Cervantes inventó la primera novela moderna, que contiene y es madre de todas las novedades posteriores, de Kafka a Joyce. Y cuando en pleno siglo XX Michel Foucault encuentra en Raymond Roussel las características de la novela moderna, éstas: “el espacio, el vacío, la muerte, la transgresión, la distancia, el delirio, el doble, la locura, el simulacro, la fractura del sujeto”, uno se pregunta ¿qué? ¿No existe todo eso, y más, en la escritura de Cervantes?

Su modernidad no se limita a un singular universo literario. La más humana es un espejo en el que podemos aún mirarnos sin deformaciones en este siglo XXI. Dice Don Quijote: “Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida de quien la merecía gozar luengos siglos”.

Desde el lugar de presunto caballero andante quejoso de que las armas de fuego hayan sustituido a las espadas, y que una bala lejana torne inútil el combate cuerpo a cuerpo, Don Quijote destaca un hecho que ha modificado por completo la concepción de la muerte en Occidente: es la aparición de la muerte a distancia, cada vez más segura para el que mata, cada vez más terrible para el que muere. Pasaron al olvido las ceremonias públicas y organizadas que presidía el mismo agonizante en su lecho: la despedida de los familiares, los amigos, los vecinos, el dictado del testamento ante los deudos. La muerte hospitalizada llega hoy con un cortejo de silencios y mentiras. Y qué decir de los 200.000 civiles de Hiroshima que el coronel Paul Tobbets aniquiló desde la altura apretando un simple botón. Piloteaba un aparato que bautizó con el nombre de su madre, arrojó la bomba atómica y después durmió tranquilo todas las noches, dijo. Pocos conocen el nombre de las víctimas cuya vida el coronel había segado. La muerte se ha vuelto anónima y hay algo peor: hoy mismo centenares de miles de seres humanos son privados de la muerte propia. Así se da en Irak.

Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es. Son amores diferentes pero se juntan en un haz de fuego. ¿Y acaso no quisimos hacer quijotadas en alguna ocasión, ayudar a los flacos y menesterosos? ¿Luchando contra molinos de aspas de acero, que ya no de madera? ¿Despanzurrando odres de vino en vez de enfrentar a los dueños del dolor ajeno? ¿“En este valle de lágrimas, en este mal mundo que tenemos –dice Sancho–, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad, embuste y bellaquería”?

He celebrado hace dos años, con ocasión de la entrega del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, mi llegada a una España que no acepta las aventuras bélicas y que rompe clausuras sociales que hieren la intimidad de las personas. Hoy celebro nuevamente a una España empeñada en rescatar su memoria histórica, único camino para construir una conciencia cívica sólida que abra las puertas al futuro. Ya no vivimos en la Grecia del siglo V antes de Cristo en que los ciudadanos eran obligados a olvidar por decreto. Esa clase de olvido es imposible. Bien lo sabemos en nuestro Cono Sur.

Para San Agustín, la memoria es un santuario vasto, sin límite, en el que se llama a los recuerdos que a uno se le antojan. Pero hay recuerdos que no necesitan ser llamados y siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron. Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes lo mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad? La nuestra es la verdad del sufrimiento. La de los asesinos, la cobardía del silencio. Así prolongan la impunidad de sus crímenes y la convierten en impunidad dos veces.

Enterrar a sus muertos es una ley no escrita, dice Antígona, una ley fija siempre, inmutable, que no es una ley de hoy sino una ley eterna que nadie sabe cuándo comenzó a regir. “¡Iba yo a pisotear esas leyes venerables, impuestas por los dioses, ante la antojadiza voluntad de un hombre, fuera el que fuera!”, exclama. Así habla de y con los familiares de desaparecidos bajo las dictaduras militares que devastaron nuestros países. Y los hombres no han logrado aún lo que Medea pedía: curar el infortunio con el canto.

Hay quienes vilipendian este esfuerzo de memoria. Dicen que no hay que remover el pasado, que no hay que tener ojos en la nuca, que hay que mirar hacia adelante y no encarnizarse en reabrir viejas heridas. Están perfectamente equivocados. Las heridas aún no están cerradas. Laten en el subsuelo de la sociedad como un cáncer sin sosiego. Su único tratamiento es la verdad. Y luego, la justicia. Sólo así es posible el olvido verdadero. La memoria es memoria si es presente y así como Don Quijote limpiaba sus armas, hay que limpiar el pasado para que entre en su pasado. Y sospecho que no pocos de quienes preconizan la destitución del pasado en general, en realidad quieren la destitución de su pasado en particular.

Pero volviendo a algunos párrafos atrás: hay tanto que decir de Cervantes, de este hombre tan fuera del uso de los otros. De sus neologismos, por ejemplo. Salvo él, nadie vio a una persona caminar asnalmente. O llevar en la cabeza un baciyelmo. O bachillear. Don Quijote aprueba la creación de palabras nuevas, porque “esto es enriquecer la lengua, sobre quien tienen poder el vulgo y el uso”. Hace unos años ciertos poetas lanzaron una advertencia en tono casi legislativo: no hay que lastimar al lenguaje, como si éste fuera río coagulado, como si los pueblos no vinieran “lastimándolo” desde que empezaron a nombrar. Cuando Lope dice “siempre mañana y nunca mañanamos” agranda el lenguaje y muestra que el castellano vive, porque sólo no cambian las lenguas que están muertas. La lengua expande el lenguaje para hablar mejor consigo misma.

Esas invenciones laten en las entrañas de la lengua y traen balbuceos y brisas de la infancia como memoria de la palabra que de afuera vino, tocó al infante en su cuna y le abrió una herida que nunca ha de cerrar. Esas palabras nuevas, ¿no son acaso una victoria contra los límites del lenguaje? ¿Acaso el aire no nos sigue hablando? ¿Y el mar, la lluvia, no tienen muchas voces? ¿Cuántas palabras aún desconocidas guardan en sus silencios? Hay millones de espacios sin nombrar y la poesía trabaja y nombra lo que no tiene nombre todavía.

Esto exige que el poeta despeje en sí caminos que no recorrió antes, que desbroce las malezas de su subjetividad, que no escuche el estrépito de la palabra impuesta, que explore los mil rostros que la vivencia abre en la imaginación, que encuentre la expresión que les dé rostro en la escritura. El internarse en sí mismo del poeta es un atrevimiento que lo expone a la intemperie. Aunque bien decía Rilke: “[...] lo que finalmente nos resguarda/es nuestra desprotección”. Ese atrevimiento conduce al poeta a un más adentro de sí que lo trasciende como ser. Es un trascender hacia sí mismo que se dirige a la verdad del corazón y a la verdad del mundo. Marina Tsvetaeva, la gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo, recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir.

Posted by bestiario51 at 16:39:58 | Permalink | No Comments »

DEVUELVANNOS EL INFIERNO, POR FAVOR ( por Daniel Samper)


Les ha dado a los dos últimos Papas por quitar y poner el infierno, como si se tratara del letrero de “Abierto” y “Cerrado” de una tienda.

Juan Pablo II dijo que tan famosos lugares no existen en la realidad, pues son apenas estados interiores del hombre. Mejor dicho, es como si le dijeran a uno que Nueva York no es más que las ganas de irse a vivir allí, pero que no tiene existencia comprobada.

Ahora sale el sucesor de Juan Pablo, el pontífice Benedicto XVI, y aclara las cosas: no es exacto que no exista el infierno. Asegura el Papa que “El infierno existe y es eterno”, más o menos como las reuniones comunales del presidente Uribe.

Agrega, además, que también andan por ahí el cielo y el purgatorio, aunque nos deja en el limbo sobre el limbo. No sé ustedes, pero yo quedo sumamente alarmado con todo esto.
Para empezar, si los Papas son infalibles, ¿entonces por qué se contradicen? Además, se pone uno a pensar qué dirá el próximo Santo Padre que venga: ¿acaso que el infierno queda arriba y es ventilado, y el cielo está cerrado por reparaciones?

Vacilaciones tan grandes crean incertidumbre, y la incertidumbre es mala. Tan mala, que merece el fuego eterno. Vivíamos más tranquilos los cristianos cuando teníamos la seguridad del infierno, con sus llamaradas, sus altos hornos, las ánimas de los pobres pecadores en trance de achicharrarse y el diablo presidiendo el espectáculo con una sonrisa en los labios, un tridente en la mano y -en los momentos de coquetería- un lazo negro en la cola.

Daba tranquilidad esa imagen del infierno, porque permitía saber que allí iría a parar todo el que se portara mal y, en cambio, al que cumpliera con las leyes de Dios lo esperaba un cielo parecido al algodón de dulce, con cantos gregorianos, ángeles y un jurgo de monjitas.

Gracias a esta tajante división entre buenos y malos, cielo e infierno, condenación y gloria, Satanás y el Padre Eterno, las cosas estaban claras. Y si no lo estaban, bastaba con acudir a la iconografía católica para descubrir tremendos cuadros donde aparecía el Demonio torturando a sus víctimas, o leer literatura religiosa -desde el Catecismo Astete hasta La Divina Comedia- para enterarse de lo duras que son las cosas en el Más Allá.

Desde que le dio al Vaticano por poner en duda la existencia de la geografía metafísica, muchos cristianos nos sentimos perdidos. Si no existe ese lugar que alberga eternamente el fuego y aquel otro donde todo es sosiego y contemplación de un señor barbudo sentadito en su trono, ¿qué estamos haciendo en este valle de lágrimas?

¿No hay premio ni castigo? ¿Todo tribunal se reduce a la Procuraduría y la comisión de sanciones de la Dimayor? ¿Se esfuman las posibilidades de conocer personalmente a Dios, darle la mano y que lo llame a uno por el nombre propio o su apodo, pues Él todo lo sabe? ¿Se desinfla la amenaza de nadar para siempre en la caldera hirviente donde deben de hallarse toda suerte de malvados, mujeres perdidas, perseguidores de la Iglesia y -espero- perseguidores de niños?

Y, en lo que hace con otros puntos de ultratumba, ¿cancelaron las autoridades para siempre el limbo, aquella oscura guardería de niños sin bautizar? ¿Y qué me dicen del purgatorio, antesala de la felicidad donde se producía un intenso comercio de pecados, sanciones e indulgencias adquiridas durante la etapa terrenal?

Imaginar la vida sin cielo, infierno, limbo ni purgatorio es como pensar en un mapa de Colombia donde desaparecieran el río Magdalena, Bogotá y otras ciudades, la pata que se hunde al sur en el río Amazonas y la nariz oriental que aprietan Brasil por abajo y Venezuela por arriba.

No digo que conviene regresar a la ciega fe de carbonero, entre otras cosas porque ahora los carboneros son empresas multinacionales que solo tienen fe en el capitalismo. Pero pienso, humildemente, que la Iglesia debería tener más cuidado a la hora de revisar los símbolos que sirvieron para educar a millones de católicos.

Entre otras cosas, porque si suprimen el firmamento y el infierno se desplomarán la literatura, la pintura y la música occidentales. Habrá que desterrar incluso boleros y vallenatos, pues los primeros mencionan constantemente al cielo y los segundos se meten a menudo con el diablo.
Yo, por ejemplo, estoy por creer que nunca existieron los arcángeles, sino que eran garzas blancas sobrealimentadas, y que San Pedro no carga llaves sino tarjeta inteligente, como en los hoteles modernos.

HABIA UNA VEZ UNA COSTA RICA ( por Rodrigo Soto)

¿Dejarán de ser ricas las costas de este país?

Había una vez un país llamado Costa Rica. Durante varios siglos nadie supo bien la razón de su nombre, pues la inmensa mayoría de la población, lejos de vivir en las costas, se estableció en las fértiles tierras montañosas del interior del país y se dedicó a labores agrícolas. Incluso aquellos que vivían cerca de los litorales caribeño y pacífico, establecieron sus poblados algunos kilómetros tierra adentro.

Desde luego, hubo siempre hombres de mar y pequeños caseríos en las costas, pero eran insignificantes respecto al resto de la población. Precisamente por ser un pueblo que vivía de espaldas al mar, las tierras costeras no eran consideradas muy valiosas, y gran parte de ellas estaba en manos de campesinos que llegaron ahí como última opción.

Múltiple riqueza. Para los habitantes del interior, la costa fue siempre un sitio lejano de peregrinación vacacional: una o dos veces por año, en carretas primero, en ferrocarril después y en autobuses y automóviles por fin, visitaban las costas con fines recreativos. Entonces, el grueso de la población comprendía momentáneamente la razón por la que su país había sido bautizado así: ricas, muy ricas, en efecto, eran aquellas costas… Ricas en recursos marinos, sí, pero también ricas, muy ricas, en flora y fauna silvestre y en bellezas naturales y escénicas. Sin embargo, puesto que la vida de la mayoría de la población discurría lejos de ahí, en las ciudades del interior, pronto volvían a olvidarse o, en cualquier caso, daban por un hecho que todo seguiría siempre así.

Pasó el tiempo. Llegaron los aviones, se masificó el turismo, estalló la globalización. Inexorablemente, la riqueza de aquellas costas fue conocida por gentes de aquí y de allá, sobre todo gentes de los países más ricos, que son los que pueden viajar. ¿Podían comprar esas tierras? ¡Sí, podían comprar esas tierras! ¿Tantas como quisieran? ¡Sí, tantas como quisieran! ¿Sin ningún requisito especial? ¡Sí, sin ningún requisito especial! ¡Aleluya!, se dijeron. Claro que se dijeron ¡aleluya!

La vendimos. Lo que sigue es historia conocida. A diferencia del cuento infantil, aquí no matamos la gallina de los huevos de oro: la vendimos…

La clase política costarricense de finales del siglo XX e inicios del XXI –con nombres y apellidos: empezando por los presidentes y siguiendo por los diputados y ministros de Estado– es y será responsable de una de las mayores atrocidades –me siento tentado a decir “traición”– de la historia de este país. Todo, como siempre, “por unos dólares más”.

¿Dejarán de ser ricas las costas de este país por haber sido subastadas al mejor postor? No, por supuesto que no. Dejaron de ser nuestras, eso sí. De esta forma, esta es la historia de cómo un país llamado Costa Rica cometió la imbecilidad de vender sus costas. Colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Me meto por un huequito y… ¡Trágame tierra!

Posted by bestiario51 at 16:39:01 | Permalink | No Comments »

EL IMPERIO DEL CONSUMO ( por Eduardo Galeano)

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos.

Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: Para casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.

EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas». Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.

Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra… Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla.

La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: Las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center, o shopping mall vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

GRATITUD DE ALIANZA ( por Arsenio Rodríguez)

Cuando salimos de nosotros mismos y nos hallamos cada uno en el otro, nos regocijamos en la belleza de la compañía, de los sueños y visiones que compartimos - entonces somos plenos…

Hace un tiempo ya que venimos caminando estos senderos de convergencia y ha sido bueno. Ha liberado al conocimiento de todos, historias inspiradoras, ha precipitado en muchos un cambio en sus corazones, dejando salir la generosidad, el reconocimiento de los demás. Tantas sonrisas ofrecidas y recibidas, a pesar de nuestra separación, tantas miradas amables, abrazos, compromisos de ayuda acaecidos, tanto compartir de riquezas materiales y espirituales realizado.

“Un día despertaremos y nos daremos cuenta que somos todos familia” dijo hermosamente Desmond Tutu.

Estamos despertando y despertaremos todos algún día. El despertar es contagioso. Crece cuando se comparte con los demás. Por algún tiempo hemos estado conectándonos en esta emergencia de un nuevo despertar, tratando de describirnos entre nosotros en palabras y pensamientos esta nueva dimensión del ser que comenzamos a percibir al irse abriendo nuestros ojos.

Una comunidad de voces y sentimiento se está conectando. Desde las calles de Bogotá a las villas de Sri Lanka, de la simplicidad de una escuela rural en Tanzania a los centros corporativos en Europa y Nueva York, donde la gente explora maneras para entender, expandir, definir, converger y construir nuevos modelos sociales que estén en línea con este despertar..

Se cuela por entre las barreras de nuestros egos, se escapa de nuestras agendas personales e institucionales, secretas o no. Es más grande que nosotros, nos creamos importantes o pequeños, este anhelo de unidad, de despertar, de saber que somos todos familia.

Hoy, mientras nos salimos de nosotros mismos y descansamos en nuestra mutua compañía, en este universo maravilloso, demos gracias, estemos profundamente agradecidos, que nos hayamos conocido, intercambiado correos, sonrisas, o abrazos. Que hayamos reconocido en humildad la extraordinaria presencia de cada uno.

A quienes representan la gratitud en un día simbólico les decimos, den gracias a cada uno por cada uno, porque sólo somos cuando estamos todos unidos, cuando nos sabemos todos familia. Para aquellos que expresan su gratitud con cada paso y con cada aliento, por estar vivos y conscientes, pidámosle que compartan con todos su belleza y que nos inspiren e inviten a todos a abrir nuestros ojos para ver lo extraordinario de lo ordinario. .

Hoy mientras nos salimos de nosotros para descansar en la compañía mutua, encontrémonos de nuevo en esta alianza de vida, de corazón, de canto, de manos en acción para dar. Hoy expresemos nuestra gratitud a todos por estar ahí, por leer nuestros correos, por escribirnos, por regar la voz de que estamos despertando, por venir a encuentros y foros, por ayudarnos a mantener los ojos abiertos a través de nuestro enfoque en esta visión de un mundo nuevo.

Hoy agradezcámonos todos por acompañarnos

Posted by bestiario51 at 16:38:10 | Permalink | No Comments »

PARODIA DE LAS SOBERANIAS NACIONALES ( por Ricardo Martin)


Las FARC colombianas estaban acampadas en Ecuador y el ejército de Colombia entró a Ecuador y bombardeó a las FARC; el único que allí estaba a derecho era Ecuador. O sea: las FARC y los milicos colombianos estaban allí ilegalmente. Y bueno, Uribe dice que Correa toleraba -connivencia le llaman- el camping de Tiro Fijo, pero ¡caramba! si así fuese, Colombia no tenía derecho a entrar en territorio ecuatoriano para matar a los farcos. El único que ahí podía matar legalmente a alguien era Ecuador (a quién no sabemos), pero en vez de empezar a los tiros, más prudentemente puso el grito en el cielo y rompió relaciones con Colombia (por lo que suponemos que no iba a matar a los farcos). Pero Uribe dijo que los farcos atacaron a Colombia desde Ecuador y que por eso entró a la selva ecuatoriana y mató correctamente a Reyes y a varios más. Los únicos que no le han ofrecido una explicación a Ecuador son las FARC, acaso porque imbuídas de espíritu revolucionarista no consideran que deban pedirle permiso a nadie para meterse en el país que sea, y en eso se parecen a los EEUU. Lo peor es que Sarcozy estaba negociando con Reyes, en Ecuador, la liberación de Ingrid cautiva en Colombia y que ahora esa liberación va a ser casi imposible y que el destino de los demás rehenes va a ser aun más tenebroso. Y a todo esto, Chavez agarra el micrófono y les dice a los diplomáticos venezolanos que regresen ya mismo a Venezuela y manda los tanques y tanques venezolanos a apostarse casi pisando la línea divisoria con Colombia, a ver si Uribe se asusta y de paso el del socialismo del siglo 21 (que no es ni chicha ni limonada) detiene un poco su creciente impopularidad. ¡Todo muy sucio! Como si el planeta fuese “tierra de nadie” y las soberanías nacionales una soberana basura. Y a mí me parece que Mahatma Gandhi y La Madre Teresa deben estar muy indignados en el más allá, no menos indignados que nosotros en el más acá.

UN TRIBUTO A JORGE DEBRAVO ( por Luko Hilje)Fuente


  • Una buena nueva: la reciente aparición de la publicación que, con el título Jorge Debravo, un hombre palabra, hizo la Revista Comunicación (del Instituto Tecnológico de Costa Rica), correspondiente a un número monográfico suyo dedicado a la memoria de tan querido poeta.

Luko Hilje Q.

luko@ice.co.cr

Vuelvo a Debravo. Y, ¿cómo no hacerlo? Si decir Debravo es decir vida, amistad, justicia, tierra, fraternidad, amor, naturaleza, sexualidad, patria, humanidad y tantas cosas más que encarnan fenómenos, valores, conceptos y sentimientos hondos, que nos resultan preciados y eternamente vigentes. Y digo que vuelvo a Jorge -prefiero llamarlo así, por serme más familiar-, pues en el año recién concluido escribí varios artículos sobre él por la prensa, en conmemoración del 40 aniversario de su muerte.

Pero esta vez lo hago para anunciar una buena nueva: la reciente aparición de la publicación que, con el título Jorge Debravo, un hombre palabra, hizo la Revista Comunicación (del Instituto Tecnológico de Costa Rica), correspondiente a un número monográfico suyo dedicado a la memoria de tan querido poeta.

Debo confesar que yo desconocía la existencia de dicha revista, hasta que hace poco más de dos años me invitaron al acto de entrega de un número monográfico dedicado al sabio naturalista y filósofo Alexander Skutch. En él se recogieron las ponencias que varios de nosotros presentamos en un simposio organizado poco después de su muerte, en la Escuela de Filosofía de la Universidad de Costa Rica. No cabe duda de que esos 12 textos de aproximación a sus aportes representan lo más completo escrito sobre él hasta ahora y, sobre todo, un excelente estímulo para que algún día se acometa la ingente tarea de analizar de manera integral y exhaustiva su rica y provocadora obra, concentrada en los ámbitos biológico, conservacionista y filosófico.

Fue entonces cuando conocí a la Lic. Teresita Zamora, su directora, quien por cierto me invitó a escribir una semblanza del médico y naturalista alemán Karl Hoffmann -cirujano de nuestras tropas en la Guerra Patria-, la cual apareció al año siguiente. Y, en una conversación de corrillo con ella y su colega filólogo Gabriel Vargas, de súbito empezamos a hablar de los poetas turrialbeños, y especialmente del querido amigo Marco Aguilar.

En tan propicia coyuntura, les comenté que, con el poeta y promotor cultural Erick Gil Salas, en octubre de 2000 habíamos hecho una amplia entrevista a Marco, de la cual publicamos un extracto en el Semanario Universidad en agosto de 2004 con el título Jorge Debravo, en la mirada de Marco Aguilar, pero que el texto original era mucho más rico y, además, ponía a ese testigo de excepción que es Marco, en primera persona. Y, de inmediato, se me ocurrió sugerirles que hiciéramos un número monográfico dedicado a Jorge, encargando a varios autores la preparación de materiales originales o inéditos.

Dinámica, entusiasta y diligente, Teresita pronto me avisó que estaba anuente a concretar esta iniciativa y, hecho el contacto con Erick, éste se dio a la tarea de reunir los materiales pertinentes. Yo contribuí apenas con sugerirle al amigo escritor Luis Enrique Arce que preparara un artículo sobre la presencia de Jorge en San Isidro de El General; aunque fallé en conseguir que alguien escribiera uno análogo sobre su estadía en Naranjo.

Y… bueno, por fin, a mediados de diciembre de 2007, en el propio año de conmemoración del 40 aniversario de su lamentable muerte, salió a la luz el tan ansiado número, gracias a la colaboración de numerosos autores, contactados por Erick o Teresita. En un acto muy hermoso, lleno de calidez y excelsa música, y en presencia de Margarita Salazar, viuda de Jorge, se hizo la entrega de esa edición especial, allá en el Tecnológico.

En sus 82 páginas, profusamente ilustradas, e incluso con fotografías poco conocidas, aparecen entrevistas con personas que trataron a Jorge, como su entrañable amigo Marco, el recordado poeta y maestro don Isaac Felipe Azofeifa, y ese escritor y gran promotor cultural que fue don Chico Zúñiga. Pero, también, nuevas interpretaciones de la obra de Jorge, en lo técnico y lo humanístico, por parte de Magda Brenes Papayorgo -quizás la mayor estudiosa de su obra-, Francisco Rodríguez, Oscar Montanaro, Maribel Madrigal y Adriano Corrales.

Muy llamativo me pareció, por heterodoxo y revelador, el artículo del amigo William Solano sobre la condición de estudiante superdotado que fue Jorge, a pesar de que -por razones geográficas y económicas- debió encarar tantas dificultades para expresar su potencial intelectual. Y, sin duda alguna, es hermosamente humano el texto sobre el periplo por tierras generaleñas que con gran meticulosidad Luis Enrique Arce rescató, mediante numerosos testimonios orales de quienes compartieron con Jorge horas laborales o de cultura y poesía en esos hermosos parajes sureños.

¡Qué lindo sería poder un día recapitular su estadía en Naranjo, mi pueblo natal! De ésta, en la revista aparece una foto tomada de un añoso periódico -que Marco nos facilitó-, de Jorge leyendo poesía en el parque de dicha ciudad. Y sé que, durante esa época -porque lo pregunté a doña Nidia, su esposa-, él frecuentaba al poeta, abogado y compañero de ideales Arturo Montero Vega, quien incluso le dedicara un poema, intitulado Debravo, tras la muerte de su querido amigo.

Lástima que ese poema no fuera incluido -supongo que por razones de espacio, pues apenas seleccionaron cuatro, de Alfredo Cardona Peña, Laureano Albán y Mario Picado- al final de la revista, como tampoco aparecieron sendos poemas de Marco y Julieta Dobles, de altísima calidad literaria y gran hondura humana. Pienso que algún día valdría la pena recopilar todos los poemas que se han escrito sobre Jorge, tal vez aprovechando la coyuntura de la publicación de sus obras completas, que pareciera se concretará este año.

En fin, lo bueno es que ya disponemos de este número especial de la Revista Comunicación, que sin duda nos permitirá aquilatar de manera aún mejor el significado de la fecunda y vigorosa senda que Jorge supo abrir, con su gran calidad poética, pero también entendiendo de manera visionaria -con lo generoso que fue con sus colegas coetáneos, y que todos le reconocen- que por ella transitarían muchos otros, aunque él ya no estuviera.

Terca y omnipresente en su obra, a tiempo le advirtió a la muerte que no lo podría vencer excepto físicamente, quizás adivinando que su labor de hermano mayor -en la acertada calificación del escritor Adriano Corrales- se perpetuaría a través de tantos otros poetas -por supuesto que no de algunos curiosos y mezquinos egos que persisten y se solazan en sus afanes por descalificarlo-, como de veras ha ocurrido desde que él partió

Posted by bestiario51 at 16:36:59 | Permalink | No Comments »

DON BARBARO ( por Ronald Vargas Araya)

PRESENTACIÓN A LA EDICIÓN DIGITAL
de DON BARBARO
de CARLOS LUIS FALLAS

¿Por qué una edición digital? Se preguntará quien lea estas pobres líneas. Y la respuesta cae por su propio peso: Para evitar que se la roben de nuevo y la desaparezcan de la historia de Costa Rica, como ya lograron hacerlo los Morice en la extraviada edición que la UNA hizo (hace 30 años) de este ensayo poético, sociología popular, narración trágica o informe policial frustrado, pues no sé cómo bautizar a una de las mejores obras literarias de CARLOS LUIS FALLAS, a pesar de eso desconocida para la mayor parte de sus lectores, incluyendo afamados críticos y comentaristas suyos que con costo la mencionan, como lo es “Don Bárbaro”. Además, Internet es la nueva expresión de la democracia y de la libertad de pensamiento, ya que los grupos de poder se adueñaron de los principales medios de comunicación o manipulación, que hoy en día son, por desgracia patria, lo mismo.

Calufa, indiscutible líder del Partido Comunista, se esforzó por visitar y escribir sobre uno de los rincones despatrióticamente más olvidados y abandonados de la geografía nacional: La Cruz, frontera norte. Después de todo, ¿a quien le podría interesar a mediados del siglo pasado unas tierras boscosas, con pésimos caminos, donde pocos campesinos analfabetas sobrevivían en una economía básicamente de autoconsumo, comerciando con el sur de Nicaragua los excedentes de su producción? De seguro que a nadie que tuviera que trabajarlas de sol a sol, bañando su frente con el honesto sudor campesino… pero sí a Luis Morice Lara, experto en enriquecerse con el sudor de quien tuviera enfrente y en arrebatar tierras a los campesinos pobres, siendo su principal deporte botar cercas ajenas para que el ganado de su propiedad se alimentara de las cosechas que nunca había trabajado…

Un triángulo demoníaco ahogaba todos los gritos de justicia que salían de los pulmones agonizantes del campesinado cruceño, y estaba malditamente compuesto por el Alcalde y su policía, el Ministerio de Agricultura con sus no pocos mediocres funcionarios y el Director de Orquesta, Don Luis Morice Lara, que hacía sonar los instrumentos musicales de todas las instituciones estatales en el tono que quisiera y por el tiempo que se le antojara, logrando la música más celestial para sus bolsillos, y más infernal para sus vecinos, sin que las constantes denuncias por el ruido escandaloso de sus monstruosos músicos le afectaran lo más mínimo.

Estamos volviendo a la vida los acontecimientos que malograron la injusta repartición de riquezas y propiedades que ha heredado hasta el día de hoy el cantón de La Cruz, bajo la indiferente mirada estatal, canonizando las pésimas estadísticas socio-económica de su población, por debajo del resto de Guanacaste y del país y sólo comparables a las del hermano país del norte. Y por eso no dudo que la relectura de “Don Bárbaro” hoy resultará más reveladora que en aquel lejano 1960, cuando la ley al rico poco le pesaba y el problema agrario rural se resolvían fácilmente con un rollo de billetes en la bolsa de algún funcionario del Ministerio de Agricultura y de la Policía, sofocando con la agresión, la cárcel o la misma muerte a quienes osaran romper el armónico ciclo de corrupción reinante.

Esta es sin duda alguna, una de las peores, oscuras y miserables páginas del libro de nuestra historia nacional, que con dolor y temblor abrimos, con la principal intención de comprender la relación de poderes que se ha mantenido hasta el día de hoy, aunque con un perfil más bajo, en esta relegada región del país. Tampoco ignoramos que los nauseabundos olores que de aquí surjan, sin duda alguna, también puedan afectar el prestigio de más de algún rico heredero de estas fortunas mal habidas en La Cruz y a muchos exfuncionarios públicos hoy felizmente pensionados (algunos señalados con su nombre y apellidos) que las posibilitaron, a costa de condenar a la pobreza a muchas humildes familias del campo, descritas clara, poética y pormenorizadamente por la pluma periodística del novelista defensor de los pobres.

También me estimula el devolverle la vida a este reportaje histórico inconcluso el hecho de conocer personalmente a los hijos e hijas de varios de los personajes devorados por la voluptuosidad de riquezas y poder con que actúo hasta su muerte Don Luis Morice Lara. Estas nuevas generaciones de despojados son los que van tratando de señalar caminos de justicia y solidaridad a un Cantón que grandes hacendados, empresas y caciques políticos desean imponer a toda costa, bajo el régimen del temor que crea sumisión y respeto, requisitos indispensables para mantener su hegemonía económica y política.

Poco a poco en La Cruz, frontera norte, se respiran aires nuevos para levantar valientemente la bandera de la Dignidad Popular:

pisoteada primeramente por los españoles invasores, pero defendida por el cacique Nicarao y su gente
pisoteada otra vez por la invasión del filibustero William Walker en Santa Rosa (20-03-1856), pero reivindicada con la quema del mesón en Rivas, la valentía de Pancha Carrasco y la única rotunda derrota que recuerda el ejército gringo en América, por la astucia de Juanito Mora y el general Cañas.
pisoteada de nuevo en la tiranía de los Tinoco a principios del siglo XX, pero rescatada con la sangre derramada cerca de la frontera por el maestro Marcelino García Flamenco (19-07-1919).
pisoteada en la contrarrevolución de 1948, donde izaron su valentía muchos patriotas, aunque cayeran varios heridos y cerca del Murciélago perdiera la vida, protegiendo al pueblo desde la Cruz Roja, el sacerdote Jorge Quesada (20-12).
pisoteada de nuevo por invasores en 1955, pero rechazados por el pueblo armado que defendió con bravura su tierra, aunque fuera quemado el prometedor muelle de Puerto Soley.
pisoteada brutalmente por el latifundista Luis Morice, exterminador de familias campesinas, pero gloriosamente eternizada en la gesta heroica que con su muerte ofreció Gil Tablada Corea (18-11-1970), dando nacimiento a una colonia agrícola
pisoteada por la Policía al servicio de los hacendados que ilegalmente se adueñaron de Paso Bolaños, quemando las casas y la escuela del lugar y encarcelando a los jefes de familia, pero erguida de nuevo por la sangre valerosa de Pedro Lara Martínez (9-05-1981).
pisoteada por líderes políticos y funcionarios corruptos, títeres de los grupos de poder, a quienes facilitaron el acceso de parcelas, el tráfico ilegal de ganado y productos por la frontera y el contrabando de personas, armas y drogas…pero denunciado valientemente por líderes comunales, religiosos, autoridades honestas y ciudadanos auténticos como USTED.

Reafirmo el calificativo para la obra “Don Bárbaro” de “Reportaje histórico inconclusa” por dos motivos: Carlos Luis Fallas murió sin darse cuenta que con su descripción de una injusticia agraria sostenida por años, desde el poder económico y político de La Cruz y sus padrinos de fuera, había adelantado el anuncio profético de lo que sería el encarcelamiento de muchos inocentes campesinos y el asesinato de Gil Tablada Corea en manos del terrateniente. Además, aunque la historia de injustos despojos, corrupción de funcionarios públicos, caciquismo político, abandono del campesinado a su suerte… ha disminuido, no desaparece por completo, y sus vestigios siguen salpicando las relaciones sociales, políticas y agrarias de la región aún en pleno siglo XXI.

Así que te propongo el reto de leer críticamente esta obra literaria desempolvada de la cárcel del olvido y convertirla en un libro de cama para los papás que quieran soñar en familia con el país de la Vida; llevarla a la escuela y convertirla en un obligado texto de referencia para soñar una patria solidaria donde reinen la justicia y el derecho; cantarla en la nueva poesía folclórica de hondo contenido social para que sea silbada por los pajarillos que anuncian la primavera de la democracia; predicarla en la celebración religiosa para que reavive la esperanza en el Dios de los pobres; y gritarla a todo pulmón en el discurso electoral para que espante los fantasmas de la corrupción y el clientelismo político.

BREVE PERO CLARO ( Por David Róbinson)


Las palabras tienen el poder de revelarnos lo oculto, lo que de tanto mirarlo terminamos por no verlo. La vida, como dijo Víctor Paz, es un intento, y ese intento debe ser el mejor de los intentos posibles. ¿Qué hace la diferencia entre un intento mediocre y el mejor de los intentos? ¡El entusiasmo y la intensidad! ¿Y qué intentar? ¡La lúcida y alegre indiferencia! Lúcida por estar despiertos, atentos y concentrados. Alegre por lo verdadero de nuestra existencia, por lo bueno de que en nuestra existencia podemos decidir y por lo bello de poder decidir ser amigos. Indiferencia por practicar el generoso desapego. Todo esto es el sentido de la vida: existir en un día, una hora o segundo, pero existir

AustralianosPagerank Virgenes negrasDerecho civilEducadoresEvangelicosFundadoresGobernantes MisionerosMisioneroMartiresMartirMusicosNobelesTeologosTraductores TraductorPadresFormacionMatematicosMatenomia Matematico

Posted by bestiario51 at 16:34:48 | Permalink | No Comments »

NUESTRA AMERICA ( por José Martí)

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.

No hay proa que ataje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano.

Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.

A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!

Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas.

El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.

Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.

En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país.

Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.

Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.

Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.

Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.

Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor.

Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república.

El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.

De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas.

Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!

El no necesita de un premio. El mismo lo era. El no necesitaba la poesía, el mismo lo era.
El no necesita la vida, él mismo lo es.

Enlaces para comentarios de El Mundo ,
de España, sobre el Premio Cervantes de este año

Posted by bestiario51 at 16:33:34 | Permalink | No Comments »

POR QUE NO SOY CHAVISTA ( por Rodrigo Soto)


Hugo Chávez y Naomi Campbell
durante la reciente visita
de la modelo británica a Caracas

Es comprensible que ante las seculares y odiosas inequidades sociales de América Latina, aquellos políticos que despliegan un discurso que apela a la justicia social y a la mínima equidad, despierten las esperanzas de millones y ganen la adhesión de quienes se encuentran descontentos o indignados con el estado de cosas. Más aún si esos políticos son capaces traducir en acciones sus palabras. Soy de los que creen que Hugo Chávez es uno de ellos. No hay duda de que bajo su régimen, las transferencias directas e indirectas a los sectores más carenciados de la sociedad venezolana se han multiplicado. Por primera vez millones de venezolanos acceden a bienes y servicios básicos en el área de la salud, la nutrición y la educación. Por ello tampoco dudo de la legitimidad con que Chávez ha sido electo y reelecto, para escozor y escarnio de sus opositores internos y externos. Quienes pretenden desacreditar a Chávez aduciendo que sus programas sociales descansan en la bonanza de los precios internacionales del petróleo, deben recordar que no es la primera vez que sobreviene una bonanza como esta, pero sí la primera ocasión en que se ponen en marcha programas como estos en la escala en que Chávez lo ha hecho. El colapso del sistema político venezolano, de cuyos escombros emergió Chávez, debe llamar a sus colegas latinoamericanos a la más profunda reflexión. Ya Evo Morales puso en evidencia que el impuesto que se cobraba a las transnacionales por la extracción del gas boliviano, era cerca de ocho veces (800%) menor de lo que podía cobrárseles sin que el negocio dejara de ser rentable para ellas. Este dato ilustra mejor que ningún otro la corrupción de las elites políticas latinoamericanas.

Desacreditar a Chávez tildándolo simplemente de “populista” tampoco tiene sentido. Tengo la impresión de que el término “populista”, como todos los demás referentes ideológicos, ha perdido casi todo su sentido en el momento actual. Si Chávez es “populista”, no lo son menos los políticos tradicionales del resto de América Latina, a quienes en vísperas de elecciones vemos repartiendo alegremente ayudas sociales. La exsenadora, hoy presidenta electa de Argentina, es un ejemplo inimitable de ello.

Tampoco me parece suficiente desacreditar a Chávez por su estilo. Ya está escrito que sobre gustos no hay nada escrito, y si a mí personalmente no me agrada su chabacanería ranchera o su insaciable búsqueda de protagonismo, entiendo que haya otros a quienes eso les resulte atractivo.

Mi rechazo a Chávez y a lo que significa y representa, nace de la convicción de que los únicos cambios relevantes y perdurables, son aquellos que transforman la cultura de un pueblo; en el caso de un fenómeno político, aquellos que logran transformar su cultura política.

Y mucho me temo que, en este campo, el “fenómeno Chávez” lejos de constituir un avance, representan un estancamiento o una involución de la cultura política en América Latina. Bajo el chavismo –como bajo el castrismo o el peronismo en su momento– lejos de “empoderarse” a los humildes –como ingenuamente creen algunos– se fomentan el servilismo, el sometimiento y la adulación; lejos de fortalecerse la autonomía, la capacidad de representación y de gestión de los sectores socialmente vulnerados o disminuidos, se los convierte en comparsas –indistintamente iracundos o entusiastas– de un “gran líder” presuntamente infalible, al que se debe obediencia ciega y admiración sin límites. Es cierto que se crean nuevas organizaciones sociales y políticas y que se transforman las antiguas, pero todo el sistema se organiza en función y gira alrededor de la figura, ya no del “rey sol” como la Europa absolutista, sino del “gran líder.” Así pues, lejos de empoderamiento y dignificación, lo que veo aquí es sometimiento y enajenación. Eso sí –pues todo hay que decirlo–,la diferencia es que en regímenes como el de Chávez hay al menos un reconocimiento de la existencia de estos sectores, algo que en muchos países el sistema político tradicional ni siquiera llega a articular.

Resulta sorprendente que no se haya señalado suficientemente los paralelismos entre Chávez y Perón. Y resulta sorprendente que, quienes hoy se apresuran a aplaudir a Chávez, a reír sus gracias o a mendigar sus favores, se las arreglen para olvidar la suerte del peronismo tras la desaparición del “gran líder”. Sabedores de que en estos casos nunca es más cierto el refrán de que “muerto el perro se acabó la rabia”, los Estados Unidos han apostado, una y otra vez, a la eliminación física de los “grandes líderes” de estos movimientos. Lo intentaron con Fidel Castro centenares de veces y lo intentarán tarde o temprano con Chávez. Al final Castro morirá de viejo y puede que Chávez también lo haga en el poder. Pero esto no cambiará la suerte de sus regímenes, condenados desde su origen a extinguirse con ellos.

Jorge Sallorenzo dormía poco.

Sus noches eran combates intensos contra las angustias que lo asediaban.

Ansiaba que llegara el siguiente día y en esa espera el insomnio lo consumía. Cuando lograba cerrar los ojos sus sueños eran acompañados de sobresaltos, suspiros, estertores, gritos y pesadillas recurrentes. La que lo acompañaba con frecuencia se repetía todas las noches desde hacía tres semanas. Se veía a si mismo llegar a su pequeño cuarto, desnudarse pausadamente doblando con esmero cada prenda hasta quedar desnudo, luego se despojaba de sus manos y las ponía sobre el frío mármol del peinador, sacaba sus brazos y los extendía en el respaldar de la silla, luego extendía sus piernas a los pies de la cama, el torso lo guardaba en el ropero y
finalmente colocaba su cabeza en el gran lavatorio de porcelana. En esta levedad de su espíritu despojado de todo lastre material, solía recorrer las paredes de su habitación deteniéndose en cada pequeño arabesco del desteñido papel que las cubría. Había intentado asomarse por la amplia claraboya pero sentía un pánico inmenso que un viento lo llevara fuera del cuarto y nunca mas recuperar su apariencia física. Finalmente se acomodaba debajo de la almohada y
lentamente se sumía adormecido en un cúmulo de incertidumbres y suspiros.

A la mañana siguiente, despertado por la claridad del sol el primer impulso era mirar hacia el lavatorio y la silla en donde reposaban cabeza y miembros. El espejo le devolvía la tranquilidad de su cuerpo restaurado y unos ojos rojos que lentamente recobraban la calma y el sosiego.

Una mañana, coincidente con el inicio de la primavera, Jorge Sallorenzo ceremonialmente repitió el ritual, busco sus piernas y no estaban, en lugar de sus manos vio sus viejos calcetines de lana, levanto sus ojos hacia el lavatorio y su cabeza no estaba y con un grito de horror descubrió a través del espejo su cama hecha sin huellas de su presencia.

Su espíritu trepó frenéticamente por las paredes hacia la claraboya, armándose de valor salió por las aberturas hacia las asperas rugosidades de los techos, los recorrió sintiendo la humedad del rocío matinal. Se asomó desde lo alto y espantado vio como cargaban un féretro oscuro en un carro rodeado de gentes oscuras con oscuros trajes. Quiso volver a su habitación pero una ráfaga de viento lo impedía, quiso gritar y su voz no salía. Sintió que por la presión del viento su espíritu se distendía como una ola reventando en el arrecife. Intento resistir y fue imposible. Finalmente como en un desgarramiento cósmico su espíritu se desperdigó en miles de partículas que lentamente se esparcieron sobre las calles, avenidas, parques y tejados de la vieja ciudad.

Posted by bestiario51 at 16:32:18 | Permalink | No Comments »

Guillermo Anderson y Julio Escoto : Música y Letra Centroamericana

Para comprar los discos de Guillermo Anderson en Costa Rica: llame al 239-5200 , o bien busque en los stands de Papaya Music en Librerías y tiendas de discos su antología “Llevarte al Mar”.

Este nuevo disco estará disponible en Costa Rica en el 2008.

CARLOS FUENTES: NI POPULISMO NI NEOLIBERALISMO ( por Angel Berlanga)

El escritor mexicano vino a Buenos Aires a presentar varios libros que se reeditan por estos días. En un encuentro de prensa, habló de todo un poco: Chávez, la identidad latinoamericana, la tecnología, las tradiciones literarias y el futuro.

Un mayordomo, tres camarógrafos, seis camareros, siete empleados de editoriales, quince fotógrafos, veintiocho periodistas y Carlos Fuentes: humanidades reunidas, ayer por la mañana, en un “desayuno de trabajo”, en el salón Embajador del Hotel Alvear, Recoleta, Buenos Aires. Una hora de traqueteo por una diversidad de temas: preguntas para diarios, radios, revistas, respuestas del escritor.

“Los programas de Chávez se parecen mucho a los de Hitler y Mussolini. Yo tengo vieja memoria, por mi edad, y recuerdo muy bien las insignias, las retóricas, los balcones, los discursos y las medidas, que son darle un poquito a la gente y mucho al exterior, aprovechando la gran bonanza del petróleo venezolano. El día que se venga abajo, vamos a tener una Venezuela más empobrecida, con menos empresas, menos inversión y más retórica. Eso me parece muy grave.”

Fuentes nació en 1928, es mexicano, es escritor, es un protagonista del boom literario latinoamericano y es más cercano al rey Juan Carlos que al presidente de Venezuela, se confirma. Una de sus actividades en la Argentina fue participar, el viernes pasado, del coloquio de IDEA: fue orador en la cena de cierre. Hoy a las 19 se presentará, en el Malba, el segundo tomo de sus Obras reunidas, editadas por Fondo de Cultura Económica, que contiene la novela La región más transparente (1958) y los cuentos de Agua quemada (1981). Alfaguara editó, además, dos libros de cuentos –unos Naturales y otros Sobrenaturales– que presentan “la nueva Biblioteca Carlos Fuentes”: el lunes, en el Auditorio Borges, Fuentes dio una conferencia: “Jornada de un escritor”.

“El compromiso del escritor es con la literatura. Si no hace eso, que vaya a una plaza y pegue gritos. Ante todo tiene una función, que es la imaginación y el lenguaje. En sociedades como las nuestras, seudocapitalistas, burguesas, no se les da mucha importancia: el escritor es secundario. En un país de régimen autoritario se le da importancia: lo callan, lo censuran. ¿Necesitamos un dictador para que la literatura sea importante?”

En los últimos tiempos, las declaraciones de Fuentes que más trascienden son, por sobre las literarias, las vinculadas a temas sociopolíticos. El mexicano es lo que podría llamarse un intelectual todo-terreno, cuatro por cuatro; acerca de un par de asuntos prefirió, sin embargo, no pronunciarse: sus proyectos y el conflicto entre Argentina y Uruguay por la pastera aromatizante coliflor Botnia.

“Si Hillary va a ser presidenta de los Estados Unidos, ¿dónde va a dormir Bill? Es un problema (risas) ¡O Kirchner! El hecho es que si hay un proceso democrático, no es cuestión de maridos, mujeres, familias. También pudieron haber ganado los otros dos candidatos (por Carrió y Lavagna). Ganó la señora Fernández de Kirchner: bravo por ella.”

Hubo, por supuesto, algunas reiteraciones: el elogio a Cervantes por su fundación de la novela moderna, la comprensión por el “parricidio” hacia los próceres del boom, el énfasis al instar a los gobiernos latinoamericanos a que prioricen la educación. Entusiasta, se mostró complacido por la proliferación de nuevos narradores de diversos países del continente (“no alcanzo a ponerme al día”, dijo) y abogó por una mayor circulación e intercambio: no es buena la distribución de libros en América latina, dijo.

Durante un siglo y medio hemos tenido una batalla de ideas acerca de la identidad latinoamericana, desde donde se quiera empezar, Sarmiento, por ejemplo; qué significa ser mexicano, o argentino, o chileno, nos preguntábamos. Yo creo que hoy todos sabemos qué identidad tenemos, pero lo que aún no sabemos es respetar la diversidad de la gente. Respetar las diferencias políticas, religiosas, sexuales, morales, de hábito, de gusto. Hay machismo, antifeminismo, beaterías religiosas, cerrazones ideológicas, dogmatismos. La gran lucha actual de América latina es conquistar el derecho a la diversidad.

Fuentes ganó unos cuantos premios, entre otros el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Rómulo Gallegos y el Alfonso Reyes, y también ha sido condecorado por universidades y gobiernos de varios países. Muchas veces, también, se ha rumoreado que andaba cerca del Nobel.

“Yo escribo con pluma. Así escribía Cervantes, ¿por qué yo no? Me gusta sentarme con cuaderno, oler el papel, sacar la pluma, oler la tinta… Es sólo comparable al acto sexual, no veo otra cosa a la cual comparar el hecho físico, sexual, de escribir a mano. Lo demás no lo toco, ya no me tocó; pero quiero pensar lo que va a ser la imaginación con la tecnología. Qué sentido humano va a acabar teniendo la tecnología. Como siempre ha pasado con los adelantos técnicos, puede ser para bien, puede ser para mal. Son fríos, objetivos: pertenecen a la cultura de la frialdad. Pero uno los calienta. Y como estamos en una revolución tecnológica, donde el aparatito se vuelve viejo a las dos semanas… Compro uno que se llama I-pod y enseguida me dicen ‘ya no sirve, cómprate otro’. Como digo, ya no me tocó: si yo aprendiera cómo se llama la pantallita y atendiera todos los mails y lo que llega, no escribiría. Me dedicaría a atender el aparato. Sería su prisionero. Pero no prejuzgo.”

El amor por la caótica y desmesurada ciudad de México, la mala negociación de su país en el Tratado de Libre Comercio (Nafta), el papel de José Donoso en la literatura chilena, el catastrófico gobierno de Bush en Estados Unidos y los cambios que intuye a nivel internacional, los elogios a sus colegas compatriotas Juan Villoro y Jorge Volpi: a lo largo de una hora, Fuentes abarajó de todo un poco. ¿Qué tal, para el final, paradigmas?

“Creo que se están agotando viejos paradigmas. Hay mucha juventud dejando atrás viejas opciones. Se quedó atrás la más vieja, la que nos petrificó durante medio siglo: comunismo y anticomunismo. Hoy se está quedando atrás la opción populismo o neoliberalismo; ni una cosa ni otra: vamos a buscar un nuevo paradigma, que asocie el desarrollo económico al bienestar de las mayorías, sin sacrificio de los valores de la libertad. Por el momento no lo tenemos, lo estamos buscando.”

Posted by bestiario51 at 16:31:19 | Permalink | No Comments »